viernes, 15 de enero de 2021

¡Sálvame! | Pilar Obón

Estaba en un largo pasillo oscuro y llevaba una vela encendida. Tenía miedo de cruzarlo, así que avancé despacio. De pronto, escuché que un niño se reía. Era una risa rara, un poco macabra. En eso, una racha de viento helado apagó mi vela y, en la oscuridad, brilló una cara que no tenía cuerpo.

Era un niño muy pálido y delgado, con grandes ojeras. El niño abrió la boca y gritó:

—¡Sálvame! —Desperté en ese momento, muy asustado. Había sido una pesadilla. Estaba en mi cama, a salvo. Al cabo de algunos minutos, me volví a dormir. A la mañana siguiente, mientras me estaba vistiendo para ir a la escuela, mi computadora se prendió sola. Y entonces, en el monitor, apareció, sobre la pantalla negra, una sola palabra: ¡Sálvame! Apagué la compu con el corazón latiéndome a mil. No entendía qué estaba pasando.

Ese día llegué a la escuela más temprano y mi salón estaba vacío cuando entré. Entonces, miré al pizarrón y pude ver, claramente, que ahí se escribía sola la maldita palabra: ¡Sálvame! Pero eso no fue todo. Durante toda la mañana, cada vez que abría un cuaderno, veía escrita la misma palabra: ¡Sálvame! ¡Sálvame! ¡Sálvame!

jueves, 14 de enero de 2021

Odaxelgania | Abigail Romero Pérez

En el surco que había dejado una mala colocación de una pared de tablaroca, y sobre la cual, se colocó un librero, vivía él. De apenas siete centímetros, su aspecto parecía repugnante, su sola presencia abyecta. Poseía un intenso color carmín y un cuerpo antropomorfo bastante deformado por una barriga que sobresalía de su cuerpo escuálido y extremidades cortas. Aunado a eso, su condición inhumana no permitía percibir en él la edad que poseía. Bien podrían ser pocos años o quizás décadas o siglos.

Su vestimenta no podía ser menos desagradable. Se cubría con unos pantalones diminutos, pertenecientes a un muñeco, y un retazo de tela de cortina bastante roída que fungía como camisa y dejaba expuesta su piel percudida y abultada del abdomen.

La casa en la cual aquel ser habitaba pertenecía —recientemente— a Julián y Marissa, que tras una búsqueda de departamentos que los beneficiara por igual, se encontraron con esa pálida casita que, aunque maltratada y un poco vieja, no rebasaba el presupuesto. Excelente para una pareja enamorada que tendría su primer hogar juntos.

Desde el día que llegaron a la casa se instalaron en la habitación más grande, a pesar de poseer más defectos, que, a su parecer, podían disimularse con un poco de pintura y decoración. Por dos días se dedicaron a llenar las paredes de cuadros y fotografías, cada una de las estancias se llenó de muebles para dar color a esa bella casita que esperaban fuese su hogar por varios años.

Al tercer día, cuando todo quedó en su lugar y la casa quedó completamente ventilada, ellos llegaron. Sobre su cama, con sabanas limpias, colocaron una pila de almohadas. Sin dejar perder la oportunidad, apenas llegó la noche, ambos desearon ir a acostarse. Era la primera noche en su nuevo hogar y como una nueva familia.

miércoles, 13 de enero de 2021

El jinete sin cabeza | Editorial Televisa

El jinete sin cabeza recorre los caminos solitarios, asesinando a todos los que encuentra a su paso...

Así acabó el cuento mi amiga Lila y, la verdad, a mí no me dio miedo. Tengo nueve años y no creo en esas historias, pero ella me miró y me dijo:

—Harías bien en creerlo, Piky, porque mucha gente lo ha visto, y a veces aparece gente muerta con una gran herida en el cuello.

A Lila siempre le han gustado esas horribles historias y, para convencerla de que no eran ciertas, le propuse que fuéramos en la tarde a un bosque cercano, aprovechando que sus papás le habían dado permiso de pasar el fin de semana conmigo.

—¡Al bosque! ¡Claro que no! —dijo ella.

—Lila, lo que quiero es que veas que no hay ningún jinete sin cabeza en ningún bosque del mundo.

No sé cómo la convencí de que fuéramos. Creo que, en el fondo, ella quería comprobar por sí misma que la historia del cruel jinete descabezado no era cierta. En la tarde, le pedimos permiso a mi mamá y ella nos dejó ir, con la condición de que no nos alejáramos demasiado. Nos pusimos en camino. Íbamos por un camino que hay en medio del bosque, cuando de pronto se hizo unn silencio extraño.

Lila se detuvo.

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Maira Gall