Las obras secretas

Junto a Inés, que está siempre ávida de nuevas voces poéticas que nunca la satisfacen, asistí a una nueva edición del ciclo “Las obras secretas”. Lo coordina Orlando, quien veinte años atrás irrumpió en la escena local con una puesta de “La lección de anatomía” protagonizada por travestis. Luego incursionó en las artes visuales y la música, para arribar a las playas de la literatura.

“Las obras secretas” se caracteriza porque los invitados a leer son inéditos, veteranos olvidados, habitantes de pequeñas poblaciones. En cada edición hay un representante local, que lee algo propio y luego hace las presentaciones. Esa noche era el turno de Margarita, que parecía descontenta, embutida en un enterito descolorido que no le sentaba muy bien.
Todavía quedaban bastantes mesas vacías y elegimos una un poco apartada, en un rincón que permitía, no obstante, una buena perspectiva de la mesa de lectura. Tanto a Inés como a mí, nos gusta la decoración vintage del Las dos Amelias, el café es excelente. Pero no pudimos regodearnos porque de inmediato comenzó el desfile, el pasamanos, el remolino, la ebullición.

Hortensia y Eufemio llegaron juntos.

Orlando no está?
No lo vimos. La órbita de Mepi, que me recuerda tanto a Tilda Swinton, coincidió con nuestras coordenadas.
Hola a todos. Orlando fue a la estación a buscar a uno de los poetas. El colectivo venía demorado. Un lechero que tarda veinte horas… si las fuerzas de la naturaleza lo permiten. En sentido opuesto apareció Gioconda. Dueña de Las dos Amelias, actriz, novia de Orlando. Nos repartió folletos y con impecable dicción dijo:
Aprovechen el descuento para doble programa “Servidor de dos patrones” y “Casa de dos puertas mala es de guardar”. Dirección de Orlando, por supuesto. Estrenamos el primer sábado del mes que viene.
¿Las dos obras al hilo? comentó Eufemio con el ceño fruncido—. A la de Goldoni la traduje al esperanto.
Mientras Hortensia daba un grito de saludo, Eufemio se sumaba a una mesa de traductores y las estelas de Gioconda y Mepi se disolvían; el horizonte se cubrió con el arco iris capilar de Adrián. No venía solo.
Fede, un amigo. Ringo Starr, estampado en su remera, parecía Rimbaud—. ¿Nos podemos sentar con ustedes?

Segundos después, como impulsado por un resorte, Adrián se levantó sin dar explicaciones y lo perdimos de vista, dejándonos a Fede como un curioso legado. Pronto descubrimos que era como un caballo de Troya, lleno de palabras e intenciones.

¿Escribís? deslizó Inés.
No, yo vine porque soy actor y quiero participar en una audición para la próxima obra que va a dirigir Orlando.
Orlando no tiene paz. Estrena en una semana y ya tiene listo el siguiente proyecto acoté.
Por lo que sé siempre tiene previstos cuatro trabajos. Yo me quiero presentar para una obra de Verlaine. Nuestras mandíbulas desconcertadas exploraron sus posibilidades de máxima apertura. Inés, rápida de reflejos, casi gritó:
Verlaine, ¡poeta!, no dramaturgo.
Disculpame, yo he visto muchas obras de Verlaine, claro que dirigidas por él mismo. Es interesante ver que logrará Orlando con esos textos.
Me voy a afuera a fumar dijo Inés.

Se cruzó con Danilo y su mujer.

Hola Flavio. Nos sentamos con vos. Extendió sus dedos espatulados hacia Fede.
Danilo.
Fede.
Mónica, mi señora.

La mencionada, que se parece a Kim Novak, amagó el gesto de una sonrisa a modo de presentación. No deja a su marido ni a sol ni a sombra. Danilo tiene un vasto prontuario de mujeriego. Y de monologuista.

Estoy fascinado porque acabamos de advertir con Mónica que este cruce de calles alberga un bar en cada esquina. La última vez que vinimos la esquina sureste seguía desocupada. Ahí, hace muchos años, tenía su galería Coco. ¿Lo conociste a Coco? Un tipo genial, el árbitro de toda producción cultural de la ciudad. Hoy, un hombre olvidado. Injustamente olvidado. ¿Cómo se llamaba la galería? en este momento no me viene el nombre a la memoria. De paso, te cuento que voy a exponer. Sí, necesitaba tomarme un descanso de la escritura. Retornar al color. A los colores puros. Otra manera de intervenir sobre los espacios en blanco. Y aunque no es ningún secreto todavía no le he dado la lógica y necesaria difusión. Esta mesa tiene el privilegio de la novedad. Voy a imprimir tarjetas con los cuadros y al dorso voy a incluir un texto que me gustaría que escriba Toti, que me conoce y conoce mi obra pictórica. A Toti lo tenés, ¿no? Un personaje de la época de Coco. Con los años restringió mucho sus apariciones públicas, pero cada tanto emerge del ostracismo.
»Me acuerdo de una ocasión. Había una inauguración en la galería, precisamente en la galería que estaba enfrente. Exponía un artista en alza, de la capital. En uno de los corrillos coincidieron un chico muy jovencito a quien le debe haber llamado la atención el aspecto de Toti. El pibe le preguntó el nombre. Toti murmuró apenas y agregó: «¿Et toi?» El chico dijo: «¿Stuart? ¿Te llamás Stuart? Increíble». Toti, solía comunicarse con notitas manuscritas. A mí me insistía con una frase: «Cuidá la tenue» Siempre lo mismo. ¿Qué sería la tenue? ¡Mi poesía? ¿Mi pintura? ¿Mi alma? ¿Mi sensibilidad? Seguro que no era mi inocencia. Pero, ¿eh?, ya está aquí Orlando con el que creo es el invitado que faltaba.

Orlando me recuerda a Freddy Mercury. Avanzaba imperial hacia la mesa de lectura, en torno a la que se balanceaban  Margarita y tres desconocidos. Muy de cerca, con los ojos bajos, lo seguía un hombre mayor, de aspecto modesto, aureola de agotamiento.

Sé que Mepi tiene instrucciones de activar el tema del ciclo, cada vez que Orlando hace su aparición. Las estrofas de “Oops, I did it again” retumbaron en el ámbito.

Como impelido por la fuerza de la llegada de la legítima bestia pop de la ciudad, Adrián regresó alborotado. Apoyó las manos en la mesa con expresión y tono de excelsa beatitud, dijo sin dirigirse a nadie en particular: Una de las lectoras se llama Alfonsina y volvió a su enloquecida carrera de cometa con cabellera fecunda.

A mi prima le pusieron Alfonsina por el presidente dijo Fede.

Las Dos Amelias estaba lleno. Orlando dio varias vueltas, se apoderó del micrófono y este simple gesto operó como pedido de silencio y atención.

Buenas noches queridos amigos. Bienvenidos a esta nueva edición de “Las Obras Secretas”.

Ya había  notado con anterioridad, pero esa vez fue impactante, que Orlando forzaba la pronunciación para alcanzar un ambiguo, escondido resultado: “Las Sobras Secretas”. Nunca me atreví a comentárselo a nadie.

Los dejo con la presentadora de la noche: Margarita. ¡Un fuerte aplauso!

La nombrada se incorporó en su silla, saludó brevemente y comenzó la lectura de los datos biográficos del primer lector, el cansado viajero que había llegado con Orlando.

El nombrado saludó con aún mayor brevedad. Pese al micrófono, su voz era sutil. Tanto como sus poemas. Su largo viaje justificaba que leyera todo lo que quisiera, pero luego de cuatro o cinco textos, se volvió hacia Margarita, para consultar si no se había excedido en el tiempo que le correspondía. Margarita, cerrada como una flor esquiva, interpretó el movimiento de su vecino como el fin de la lectura e inició la presentación de Alfonsina. El poeta de lejos sonrió con gesto de resignación y agachó la cabeza. Ninguno de nosotros subsanó el malentendido, como hechizados por ese error que era un horror. Avisados, el resto de los lectores, recitó sus inclasificables y/o indigeribles producciones, sin interrumpirse.

Margarita cerró la lectura con un poema propio y luego, otra vez el vendaval de gente, de movimientos, de gritos, de saludos.

Inés no había regresado. La llamé al día siguiente.

Disculpame. Me fui sin avisar. Pero Fede me sacó. Creo que lo único que le faltó decir es que Alina Reyes es una autora de novelas eróticas en las que al final de cada capítulo ofrece varias opciones de continuación no lineal, una especie de “Armá tu propia aventura”, pero sexual. ¡Uf!

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Comentarios

  1. Qué agradable lectura. Me trajo esos recuerdos de lecturas y recitales que a veces no son de lo mejor.
    Se hace bueno pasar por este espacio.
    Saludos.

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