lunes, 6 de julio de 2020

El precio de mi alma


Corría el año 2020, una época gloriosa para la música, sitios repletos de artistas de distintos géneros, tutoriales en internet sobre como sonar como tu artista favorito, prácticamente podías convertirte en un músico de la noche a la mañana.

En un mundo repleto de artistas lo que faltaban eran oportunidades, debido al gran numero de artistas sobresalir era demasiado difícil, la mayoría de la gente no entraba a internet buscando nueva música, sino que se mantenían en su zona de confort y si llegaba algo nuevo y bueno lo acoplaban a ella.

Para un joven músico, cuyo nombre era Elías Castillo, buscar vivir de la música parecía una idea muy lejana. Creció siendo un niño sin aficiones, solo jugar y ver caricaturas, hasta que un día su vida tomo un giro extraño y decidió adentrarse en la música, comenzando a escribir canciones a los ocho años, usando esto solo para enamorar a las niñas de su escuela. Tarde o temprano, lo que comenzó como un juego terminaría siendo un pasatiempo, hasta el punto de llegar a mencionar en su familia que quería dedicarse a eso, recibiendo criticas y burlas de sus familiares.
En su escuela un poco de lo mismo, su afición por la música solo lo marco como la burla de sus compañeros, apagando sus ilusiones de un futuro como artista.

Pasaron los años y el pequeño Elías ahora es un joven de diecinueve años, el cual después de dejar de lado el escribir canciones lo volvió a retomar como una necesidad para desahogarse, todo lo que escribe le sigue pareciendo basura, aunque la gente le diga que es bueno.

Pasan las semanas y por fin decide publicar su primera canción, un tema dirigido a su exnovia, una canción de desamor; algo típico entre adolescentes y algo que a cualquiera le puede gustar. Comienza a ver visitas, comentarios de apoyo y en su mente vaga la necesidad de seguir subiendo canciones, por fin siente que hace algo bien.
Sube más canciones y sus números disminuían, no entendía como de una canción a otra pudo perder su magia, no comprendía, ¿él era el problema?, ¿la gente eran el problema?, son dudas que lo carcomían por dentro día y noche.

Busca tutoriales, foros de ayuda, comparte su música en distintos grupos y nada, a lo mucho dos o tres personas nuevas entran a ver su música, sabía que esto era un camino largo y muy lento, pero era demasiado impaciente como para sentarse a esperar su turno.
Un día, encontró una historia del famoso Robert Johnson, conocido como “el rey del blues”, cuya historia es la de un guitarrista demasiado malo, y de un día a otro se volvió el mejor de todos, marcando un antes y un después dentro de toda la música, corriendo así el rumor de que el le vendió su alma al diablo.

Elías no creía en esas cosas, pesaba que algo como un diablo, en dado caso de existir, tenían mejores cosas que hacer que enfocarse en el talento musical de algún simple mortal, aunque la historia le llamo la atención simplemente lo leyó como una nota más y siguió con su día.

Noche tras noche de escribir canciones, grabarlas, producirlas y subirlas a internet estaban acabando con él, sentía que no iba a ningún lado con eso, necesitaba un empujón y daría lo que fuera por una oportunidad de demostrar lo que valía.

Una noche, tratando de escribir otra canción, se sentía abrumado, ¿por qué?, ni él lo sabía, era algo normal el sentirse mal de vez en cuando. Entonces decidió salir a dar un paseo, tal vez fumar un cigarro, dar una vuelta, tratando de despejar su mente bajo la luz de la luna.

En el transcurso de su paseo sintió como algo lo seguía, volteaba a su alrededor y no había nadie, solo su sombra, pero ese sentimiento de intranquilidad le carcomía el alma. Terminó su cigarro y aceleró el paso, entonces un hombre extraño le tocó el hombro. Su primera reacción fue asustarse, seguido de intentar golpear al señor, pero el hombre le habló por su nombre, sin haberse visto antes, este sujeto lo miraba a los ojos y sostenía la mirada como si se conocieran de años.

Lo primero fue elogiar su música, el señor comentó que tenía talento, pero le faltaba ayuda, mencionó que conocía a alguien que podía darle ese empujón que tanto deseaba, pero que el precio era grande, aunque valía la pena.

Lo primero que se le vino a la mente fue la historia del guitarrista que le vendió su alma al diablo, pero pensó que era imposible así que acepto. El hombre estrechó su mano y le pidió que lo buscara en este mismo lugar dentro de tres noches, que él prepararía todo para presentarle a aquél que impulsaría su carrera musical.

Elías aceptó y el hombre se dio la vuelta y desapareció en la nada, dejando una idea dentro de su mente, ¿cuánto vale mi alma?, ¿si lo hago mi vida cambiara de inmediato?, ¿tendré que esperar días o meses?, todo eso no dejaba de rondar su mente todo el maldito día.

Trató de hablar con sus amigos y nadie le creía, todos lo tomaban como broma, nadie tomaba en serio la historia de un hombre extraño que parecía ser la conexión con el diablo.

Llegó el momento de la verdad, Elías fue a donde se quedaron de ver, no había nadie, parecía un pueblo fantasma, lo único que se escuchaba de fondo era el sonido del viento y perros ladrar furiosos a la nada, como si miraran algo extraño que el ojo humano no puede detectar.

Después de unos minutos se escucharon uno pasos, era el sujeto.

Solo le indicó a Elías que lo siguiera, llegando a una casa abandonada, un lugar famoso por ser un picadero, gente iba ahí a morir por sobredosis de droga o por alguna riña causada por la misma droga, no era un lugar muy común para una reunión sobre música.

El hombre extraño comenzó a cantar algo raro, no entendía lo que decía, parecía que solo hacia ruidos aleatorios, pero, poco a poco el ambiente se empezó a poner denso, se sentía una gran presión y cada vez era más difícil respirar.

Elías se sentía mareado y comenzó a escuchar una voz extraña, no era la del sujeto, era una tercera persona.

Cerró y abrió los ojos y apareció un tercer sujeto, de traje, algo fino para estar en un picadero, le extendió la mano sin mencionar su nombre, solo se presento como “El sujeto”. Miró de arriba abajo a Elías y viceversa, no sabía lo que iba a pasar y no sentía miedo, era un extraño sentimiento de tranquilidad.

Comenzó como una charla típica, la edad, a que se dedicaba, gustos, Elías respondió todo esto sin ningún problema, pero, al empezar las preguntas sobre la música, la voz de el sujeto se torno más obscura, sus ojos se tornaron de un rojo que pedía a gritos sangre, con una mirada tan penetrante que parecía mantenerse estática ante el alma de Elías.

El sujeto fue al grano, reconoció el talento de Elías, ofreciéndole la fama y el reconocimiento que tanto desea y merece, las reglas eran simples, el hacia su música y dejaba que las cosas fluyeran como si nada, el único detalle es que su alma le pertenecería para siempre, ese pequeño detalle lo hizo dudar, aun así, decidió aceptar. “¿Qué puede salir mal?”, pensó. Pero él no sabia lo que le deparaba el futuro.

Después de un apretón de manos y ver directamente a los ojos al sujeto, Elías se desmayó, despertando al día siguiente en su habitación, pensando que todo lo que había pasado solo fue un sueño.

Transcurrió su día normal, despertar, ir a la escuela, volver, la rutina de siempre, solo que esta vez decidió subir una canción, su música no le proyectaba ningún futuro así que decidió subir la última, un tema de adiós, poniendo un poco de su ser en su letra.

Después de escribir la canción perfecta, la grabo y subió, sentía que algo le faltaba, como si literalmente, una parte de el se hubiera quedado en esa canción, pero bueno, no tomó importancia y se fue a dormir.

Pasaron los días y su última canción había tenido una aceptación increíble por la gente, decidiéndose a seguir intentándolo a pesar de sentir que esto no daba para más. Con el tiempo la fama fue llegando a él, dejo todo por su música, aunque poco a poco se sentía acabado. Canción tras canción, sus primeros meses de fama fueron increíbles, todo lo que él había soñado, mujeres y fiesta, todo lo que alguien de diecinueve años podría desear; por fin sentía que todo sacrificio había dado frutos.

Pasaron los años, su fama alcanzó niveles internacionales, entre grabaciones y conciertos, su vida giraba en torno a pura música, pero, algo estaba mal con él.

Sus letras pasaron de contar historias, de hablar de una expareja, de rimas tontas que a la gente le gustaban a ser obscuras, rosando lo terrorífico, y no solo su música, si no su aspecto comenzó a deteriorarse, paso de ser un joven músico a uno acabado, nadie sabia si eran los años, el desgaste por la fama o las drogas, pero todos sabían que algo estaba acabando con él.

El día de su cumpleaños, dio un concierto gigantesco, el más grande de su carrera, al terminar se dirigió con su equipo de trabajo como siempre, pero esta vez en lugar de ir a festejar decidió ir a su hotel, se sentía cansado.

Al llegar a su habitación, se lavó el rostro y miró al espejo, se dio cuenta de lo acabado que estaba, ni el sabía qué había pasado con aquel joven que tenía la ilusión de cantar, estaba detrás de esa silueta deteriorada.

Decidió sentarse a escribir una canción, algo que hablara de como se sentía, como en los viejos tiempos, al empezar notó cómo se cansaba, sentía que le faltaba el aliento, algo estaba pasando y no sabía que era.

La tinta de su pluma se torno roja, sentía que la vida se le estaba yendo, sintió una presencia con él, era el sujeto de nuevo. Elías lo miro extrañado y solo escuchó las palabras “es hora de pagar”.

Al día siguiente apareció muerto el músico Elías Castillo a la edad de veintisiete años, su muerte esconde un gran misterio. No se encontró rastro de asesinato ni algo que indique que fue suicidio, solo había una hoja con una canción, aparentemente escrita con sangre, titulada “El precio de mi alma”.

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