martes, 21 de julio de 2020

El reciclador de almas

Hay plantas que no he sembrado en mi
huerto. Yo las arranco, pero aparecen una y
otra vez, acompañándome.



*
Una mosca volaba en el consultorio y parecía escribir o dibujar algo en el ambiente.

¡Manuelito! ¡Manuelito! Por favor, atiende, no seas tan distraído. Ahora escucha. Debes ser fuerte. Siento mucho decirte esto, pero los especialistas señalan que tu enfermedad es incurable.

Alcé mi mano, como en la escuela, para opinar:

Pero, doctor, nunca tuve dolor alguno. Al contrario, me siento mejor cada día.

La mosca se había detenido en el techo para escuchar.

Ese bienestar es uno de los síntomas. Cuanto más sano te sientas, más grave estarás.
¿Moriré? Pregunté preocupado.
No, no es mortal; pero deberás cumplir con las indicaciones para frenar su avance sentenció y escribió recetas que ordenaban llenar mi estómago de paliativos.

Me negaba a tomarlas y dispusieron a una enfermera que aparecía incluso en la escuela con las dosis de jarabes y cápsulas. Al verla, me llenaba la boca con bolas de papel, pero ella se las ingeniaba para no fracasar.

Si no obedeces, te llevaré con el reciclador amenazaba.

No le hacía caso, pero, cuando empezaba a jalarme hacia la salida, ahí recién le creía y entonces obedecía porque todos los chicos sabíamos que ese viejo desdentado vendía a los niños desobedientes luego de pesarlos por kilos… ¡Ah!, y si ponías resistencia te fumigaba con su aliento y caías patas arriba como un insecto.

En el colegio, por todos los escándalos con la enfermera, algunos estudiantes empezaron a fastidiarme y otros a esquivarme como a un pestilente. El profesor Pedro, testigo de todos los hechos, en una de sus clases, sujetándome a su pecho explicó:

La enfermedad de Manuelito no es contagiosa.

Pero, como siempre, nadie le hizo caso. Más aún, después de ese abrazo tampoco a él se le acercaron. En los recreos quería jugar y no tenía con quién, y pasaba los treinta minutos observando a todos indiferentes a mi existencia. Había un estudiante un poco menor que yo, al parecer recién entraba al mundo de la educación. Cada mañana botaba sus cuadernos al piso y lloraba en el portón de salida, haciendo morder el candado con un dinosaurio de plástico. Le dije para jugar y, al verme, se defendió haciéndome atacar con el juguete.

Toda mi cólera guardada salió y le pegué. Y no solo eso: a otro lo agarré a cocachos por deshojar las plantas del jardín hasta dejarlas en tallos. Su pobre madre, para corregir el daño, cada día traía nuevas plantas que terminaban esqueléticas en la tarde. El director llamó a una asamblea y trató de justificar mi conducta frente a todos, pero los padres amenazaron con trasladar a sus hijos si yo seguía estando ahí. Cuando le tocó hablar a mi madre, se disculpó ante todos y, tomándome de la mano, prometió jamás volver.

¿En dónde estudiaré ahora? Pregunté en el pasillo.
Ya encontraremos algún colegio en donde acepten a superhéroes que defiendan la ecología como tú.

Le di un beso en la mano y caminé imaginando tener una capa en forma de hoja, castigando a la gente mala con ortigas y otras plantas espinosas. No solo eso. Esa misma tarde tomamos nuestras cosas y nos regresamos a Tarma; pero antes, los medicamentos que cada cuatro horas hacían cola para saltar a mi boca como a una piscina escucharon asustados la pregunta de mi madre:

Hijito, dime con toda sinceridad: ¿te sientes feliz con ese mal?
contesté sin vacilar y vi con satisfacción cómo las tabletas, frascos y, sobre todo, las ampolletas hacían sus últimos clavados en la caja de la basura.

Decidimos aceptar a mi enfermedad como si se tratara de un miembro más de la familia y nos fuimos, dejando atrás la fresca ciudad de Jauja.

**
En Tarma, cada mañana mi madre se iba a buscar cualquier trabajo y cuando volvía me traía las frutas que deseaba comer. ¿Cómo lo hacía? No lo sé, pero si pensaba en mangos ella los traía, grandes y amarillos, tal como imaginaba.

Deberías salir a pasear un poco decía.

Yo también quería, pero tenía miedo de ser reconocido por alguien. “Quizá mi rostro esté pegado como en las películas del oeste y la enfermera me esté buscando con las vacunas desenfundadas. No solo ella, sino también el reciclador”, pensaba. Por eso, no salía y me pasaba el día extrañando a Zavalita, el amigo que conocí antes de entrar a esa escuela. Se fue a vivir a Lima con sus padres, pero antes de viajar me enseñó a dibujar caritas de niños en la redondez de una pelota.

Así tendrás a alguien con quién conversar cuando no quieras hablar con nadie.

Me pareció tonta la sugerencia, pero en el exilio en el que me encontraba resultó ser una buena idea. No solo lo hice con la pelota: también llené de rostros los platos, las paredes, las almohadas, entre otras cosas, pero seguía extrañando a mi amigo. Con él, cualquier objeto lo convertíamos en juguete y la vida era una diversión. Paseábamos por las calles haciendo caminar a nuestros dedos por las paredes y, cuando era la hora de retirarnos a nuestras respectivas casas, prometíamos buscarnos en los sueños, para seguir haciendo desorden hasta la hora de levantarse.

Se acercaba el cumpleaños de mi madre y como regalo decidí buscar dinero para comprar el vidrio que faltaba en la ventana desde donde le gustaba divisar la calle en sus ratos libres.

Busca al reciclador me recomendó Zavalita en un sueño.
¿Acaso ya olvidaste todo lo que se dice de ese viejo?
Mucho trueno y poca lluvia, así son los comentarios de la gente.

Busqué algún pretexto.

Pero él no vive en esta ciudad.
Él vive donde lo necesitan.

Al despertar, tuve que tomar una decisión. Enlacé mis dedos y una mano, la derecha, parecía retener a la izquierda y esta, contrariamente, parecía animar a la otra. Finalmente, después de tanto voy o no voy, decidí enfrentarme a mis dudas.

Me puse el uniforme de esa escuela, para hacer creer a los nuevos vecinos que estudiaba. Llevé en una mano mi bolsa de cuadernos y en la otra mi pelota. Caminé como diez cuadras y llegué a un caserón con un letrero oxidado que decía “Compro chatarra a buen precio”. El lugar era un cementerio de plástico y fierros. Mi corazón me pedía correr, pero no lo hice. Cuando el señor apareció frente a mí, era el mismo al que siempre le teníamos miedo. Su aspecto grande y temerario paralizó mis piernas. Si hubiera escapado en ese rato, habría comentado con alardes que ese anciano tenía poderes hipnóticos de los cuales pude librarme; pero me quedé ahí, bien quietecito.

Disculpe. Buenos días. Vengo a venderle esto…

Alcé la pelota.

¿Cuánto pides?
Siete soles.
Eso no vale ni un sol.
No importa respondí, queriendo salir pronto.
¿Y en dónde piensas encontrar los seis soles faltantes?

Y seguía como una estatua, apretando en la otra mano los cuadernos, casi como asfixiándolos. Para disimular mi tensión, los solté y cayeron como si estuvieran muertos y con la boca abierta. Apenas pronuncié:

Necesito el dinero…
Si conviertes cualquier objeto en una herramienta de trabajo, serás útil en la vida. Pero, si a una herramienta la ves como a un simple objeto, no vivirás dignamente por mucho tiempo. En otras palabras, mejor intenta hacer algo con esa pelotita si quieres ganar algo de dinero, mi querido Manuelito.

Me eché hacia atrás aún más asustado al escuchar mi nombre, pues no recordaba habérselo dicho.

Disculpe, ¿me conoce? ¿Cómo supo mi nombre?
Lo adiviné.
¡¿Cómo?! exclamé sorprendido.
Convertí mi cabeza en una herramienta. Tú también puedes hacer lo mismo. Por ejemplo, yo te diré una adivinanza. Si la descubres, sabrás mi nombre.
¿Para qué tanto enredo?
Para ejercitar tu mente. Si mañana traes la respuesta, te pago y el asunto de la pelota lo olvidamos.
¿Me pagará si le doy la respuesta?

Puso el dinero sobre la mesa.

Si dudas, ahí te esperará el pago, los siete soles.
Empiece, por favor.

Escuché atento.

Pon mucha atención: “Si él no te da ni el nombre es porque ya te lo dio a escondidas y, si vuelves a leer, otra vez te lo dará”.

Quise contestar algo y no pude. Uno de sus perros me lamió la mano; parecía querer consolarme por quedar como un bruto. Otro, un poco más flaco, movía la cola mirando la pelota, como queriendo enseñarme alguna pirueta, y los otros tres me miraban como a un perfecto fracasado al que no valía la pena ni ladrar.

Recogí mi bolsa y salí corriendo. Cuando cruzaba las calles, revisé entre mis cuadernos para ver si estaban todas mis cosas. Todo estaba completo y, además, encontré en el interior dos panes con aceituna. “¿En qué momento los metió?”, pensé, mientras caminaba. De pronto, vi al niño nuevo del barrio, Antonio. Él iba cruzando el mercado con los brazos extendidos, imaginando ser una nave espacial y evitando chocar con la gente como si fueran meteoritos. Fui tras él, imitándolo, y al verme se alejó asustado.

Llegué a casa y mi madre divisaba por la ventana a pesar del viento que soplaba a esa hora.

¿En dónde estuviste? Preguntó.
Luego te cuento, mamita…

Dejé los panes sobre la mesa y me fui a la cama a pensar en otras formas de conseguir dinero y no encontré ninguna. Intentar hacer algo con la pelota era en vano. La única solución, por el momento, era resolver el acertijo. “Si él no te da ni el nombre es porque ya te lo dio a escondidas y, si vuelves a leer, otra vez te lo dará”, pensé y pensé, pero nada conseguí. Dormí un rato para contarle todo a Zavalita y nos quedamos pensando hasta el amanecer, sin dar con la respuesta.

Esa mañana, mientras los otros niños iban a sus escuelas, yo también salí nuevamente, cargando mi bolsa de cuadernos; pero hacia el chatarrero, como un niño que no hizo la tarea. También llevé la pelota, dibujándole sobre su redondez un rostro con los ojos dormidos para que no me mirara cuando la vendiese.

Perdóname, pero ningún talento nos une y, además, mi madre necesita el vidrio le susurré, cargándola como a una bebé dormida hasta llegar ante el hombre. Buenos días le saludé, mirando la mesa y las monedas.

¿Descubriste mi acertijo?
No…

Empecé a llorar en silencio. Él se agachó y limpió mis lágrimas y mocos.

Daniel, me llamo Daniel. Escucha: “Si él no te DA NI EL nombre es porque ya te lo dio a escondidas…”. El secreto es ver donde nadie ve. Nunca lo olvides.

Asentí con la cabeza, mientras me acababa de limpiar la cara con las mangas. Luego, en silencio, suplicante, le alcancé la pelota, esperando cualquier pago.

¿Qué harás cuando ya no tengas nada para vender? preguntó serenamente, y me sentí el niño más inútil de la tierra. Los perros ya ni me miraban.
Con el pago iré al tragamonedas y ganaré respondí en mi defensa, pero mis palabras más me acusaban.
Hay juegos en donde nunca se gana, muchacho. A esos les llaman vicios.
Ganaré, solo es cuestión de suerte…
¿Suerte? El problema está aquí tocó mi cabeza como si fuera una puerta. Vas deseando la suerte ajena e ignorando la tuya. ¿Acaso un cojito no desearía tener la suerte de caminar como tú? ¿O un desdentado, tus muelas? ¿No escuchaste la historia del hombre que tuvo la mejor suerte por no tener suerte?
No…

Y, sin preguntarme si quería escucharla o no, empezó a relatar:

Una leyenda perdida de la cultura Tarama cuenta que, en sus orígenes, la Tierra era plana, cálida y abundante en vegetación. No existía el hambre, ni la vestimenta ni necesitaban del trabajo. Los primeros habitantes se dedicaron solo a reproducirse. Mochá, dios pagano de esas tierras, viendo ese conformismo, inventó el hambre. Los hombres, desesperados por esta nueva sensación, en su afán de saciarse, empezaron a comer de las hojas y frutos imitando a los animales. Unos comían en exceso, siguiendo el ejemplo del primer patriarca, y el otro bando se alimentaba con lo necesario, tal como lo sugería el segundo patriarca. Así, el primer grupo se hizo fuerte y, creyendo que pronto se acabarían los alimentos, el líder ambicionó ser el único dueño de todo el lugar, sometiendo a su hermano y a sus seguidores con esta advertencia: “Todas las plantas y frutos visibles entre nosotros, desde ahora, son míos y, si tú o tu gente comiesen de ellos, me servirán o de lo contrario morirán”. “Y yo, ¿de qué seré dueño? ¿Acaso no somos hermanos?”, preguntó el segundo. “De hoy en adelante, tu reino será lo que esté debajo de la tierra y ahí buscarás tu comida”. El menor contestó: “Nuestro dios padre ordenó que siempre estuviéramos juntos y, si mi parte está debajo de la tierra, pues así será”. Con esta decisión, el mayor calculó la pronta muerte de su hermano y de los suyos, creyendo quedar luego como el único señor del lugar. El menor y su gente, obedientes a su destino, empezaron a escarbar la tierra con las manos y luego se inventaron herramientas rudimentarias; pero solo encontraron amargas raíces para saciarse. Poco a poco, algunos no soportaron su destino y renunciaron a seguir al débil patriarca para servir al otro. Pero el menor, en medio de su desgracia, descubrió y cultivó diferentes raíces pulposas, a las cuales les puso el nombre de papas, ollucos, ocas, mashwas. No pasó mucho tiempo cuando la tierra, por voluntad de Mochá, se hinchó, formando los cerros. Las aguas se juntaron en la parte baja formando ríos y creando una laguna sobre el lugar donde todos vivían. Las plantas y frutos que de pronto aparecieron en las partes altas empezaron a secarse con rapidez, generando hambre y desesperación entre los sobrevivientes. Solo el menor y sus seguidores no sufrieron con esta transformación, porque donde escarbaban había frutos subterráneos en grandes cantidades. El mayor, avergonzado, fue a suplicar por comida ante su hermano, pero el menor le dijo: “¿Por qué me pides permiso para compartir conmigo si nunca te prohibí nada? Come nomás, hermano mío”. El mayor y los suyos así lo hicieron. ¿Ahora entiendes?
Empezar a trabajar con lo que se tiene y aún antes de tener alguna necesidad… respondí.
Muy bien…
¿Puedo volver en la tarde?
Puedes, si resuelves este otro acertijo: “Esta es la puerta que debes abrir. Si se traba, ¡jala! Pobreza no verás”.
¿Aún sigue el mismo precio?
Si es por poco o es por mucho, eso no importa. Lo que importa es qué haces con lo que tienes: mucho o poco.

Quise abrazarlo, pero me contuve. Solo tomé mis cosas y salí. Saqué nuevamente un lapicero y le dibujé una carita alegre a la pelota. “Ya no nos separaremos”, le dije. Cuando devolví el lapicero a mi bolsa, encontré ahora sesenta céntimos y nuevamente los panes con aceituna, pero ya no me sorprendí. Con ese dinero pasé por la frutería para comprar algunos plátanos y la vendedora no me los cobró.

Lleva, nomás. Ahora vete… dijo un poco seria.

Le agradecí y guardé el dinero para ahorrarlo. Al llegar a casa, encontré a mi madre en la mesa. Saqué la fruta de mi bolsa y comimos juntos.

Conocí al reciclador dije.
¿Ya no le tienes miedo?

Negué con la cabeza. Acabé de comer y fui a la cama a pensar en ese otro acertijo y milagrosamente di con la respuesta casi de inmediato: “Esta es la puerta que debes abrir, si se TRABA JAla. Pobreza no verás”. “¡Es el trabajo!”. Salí corriendo y busqué al señor Daniel.

¡Ya sé la respuesta! ¡Ya la sé!

Al escucharme, no se emocionó y señaló los siete soles para recogerlos de la mesa. Los tomé emocionado y, cuando salía, le pregunté:

¿Puedo trabajar ayudando en su negocio…?
No necesito un ayudante, sino un emprendedor.
¿Qué hace un emprendedor? —Pregunté.
Si tienes alguna idea para mejorar el negocio, ese será tu trabajo.

Revisé el lugar.

Creo que falta un poco de orden.
¡Eso es! Ahora, empieza a trabajar.

Amontoné los fierros en un lado y los plásticos en otro, y el chatarrero hacía lo suyo, silbando. Cuando terminé, le pregunté si sabía otra historia.

¿Te gustó?
Sí…
En vano la escucharás si no te ayuda en la vida.
Aprendí muchas cosas. Por ejemplo, a convertir a mis manos en herramientas.
¡Muy bien!

Se sacudió el mameluco y comenzó:

Esta es la segunda parte de la leyenda. Cuando aparecieron los cerros, en las partes bajas, cerca de las aguas, casi todo era vegetable y en las partes altas todo era seco. La comida escaseó y la gente empezó a comer carne de llama, vicuña o alpaca y a vestirse con las pieles porque el clima se volvió cambiante. Las noches venían con aires fríos e insoportables, y por ello empezaron a vivir en las cavernas. En estas circunstancias, el hermano mayor volvió a ser nuevamente cruel y, llamando al menor, públicamente lo amenazó: “Ahora todos los frutos que nazcan dentro o fuera de la tierra serán míos; además, las carnes y pellejos de los animales también me pertenecerán. Te dejo los intestinos y todo lo que contengan, a ver qué haces con ellos…". Todos rieron mientras se iban y, dándose la vuelta, el mayor agregó: "Además, no te permito vivir conmigo en las cuevas. Vivirás afuera, allá arriba, en las partes secas, disfrutando la libertad que predicas”. Así se hizo y, pensando enfrentar otra crisis como la anterior, mandó a juntar carnes y frutos en grandes almacenes. El menor, dueño, solo de las tripas, aprendió a lavarlas y a secarlas al sol, pero a su gente no le gustó y nuevamente lo abandonaron. Ahora, con sus pocos fieles empezó a cargar rocas hasta las puntas de los cerros para hacer sus casas y, de pronto, mientras rompía algunas piedras, descubrieron el fuego, con el que lograron abrigarse. No pasó mucho tiempo y Mochá, tratando de castigar al hijo mayor, mató a plantas y animales con un terrible y prolongado frío. Muchos hombres también perecieron a pesar de tener pellejos para abrigarse. No solo eso: las reservas de comida que con mucho celo habían acumulado de nada les sirvieron; todo se había podrido. La gente moría congelada, pero el hermano menor y sus pocos acompañantes se mantenían vivos, abrigándose ante el fuego y comiendo tripas ya no secas, sino sancochadas. El mayor, nuevamente, junto a su gente subió los cerros hasta llegar ante su hermano, suplicando por un poco de comida, ofreciendo, a cambio, ser su esclavo. Entonces, el menor nuevamente le respondió: “Todo aquel que me siga es libre. Además, ¿para qué te ofreces como esclavo si dios ya dijo que somos hermanos?”.
¿No quería ser un rey? ¡Qué tonto! Interrumpí el relato.
¿Qué hubieras hecho tú?
Lo hubiera convertido en mi esclavo…
Eso sería venganza y, para mantenerte firme, tendría que estar firme en tu resentimiento y el resentimiento es un mal que te va matando por dentro.

Quedé pasmado. Sobre cuántas cosas sabía ese señor.

Continúe, por favor.
Eso es todo por hoy, ya es tarde. Llévate este vidrio para la ventana que buscas.

No recordaba haberle dicho para qué era el dinero, pero de él ya nada me sorprendía de hecho también lo habría adivinado con uno de sus trucos.

Mañana es sábado. ¿Puedo venir temprano? —Dije mostrando indiferencia.
Todo aquel que me sigue es libre.

Contestó y mientras salíamos, varias ratas cruzaban el almacén.

Debería matarlas… sugerí nervioso.
Si te molestan, hazlo.
Pero es su casa.
Pero no son mis ratas.
¿Para todo tiene una respuesta?
Y tú ¿hasta cuándo pondrás pretextos? Ser emprendedor, ¿acaso ya te olvidaste?
Está bien, lo haré. Pero ¿tiene ratoneras o veneno?
Te pregunto: ¿cómo habrían solucionado ese problema los primeros habitantes?
Pues con piedras.
Entonces, busca un par de piedras y soluciona tu problema. Yo iré mañana con el triciclo a buscar chatarra. De eso vivo.
¿Puedo ir con usted?
Eres libre, muchacho, libre.
Iré con usted. Hasta mañana, señor.
Chao, Manuelito, ¡ah! y dile a tu mamá que ese vestido azul le queda lindísimo.

Otra vez quedé lelo y, para probar si lo sabía todo, pregunté:

¿Sabe quién es mi mejor amigo?
Zavalita.
¿Y mi peor enemigo?
Tú.

Ya no pude ni hablar; ni yo mismo lo sabía. Salí callado y, al llegar a casa, puse el vidrio en aquel marco. Quedó un poco descuadrado, pero eso no le pareció importar a mi madre. “Feliz cumpleaños, mamita”, dije de repente y me miró contenta con ese vestido azul que al parecer a todos les gustaba.

Al día siguiente, el chatarrero me esperaba y salimos gritando por todas las calles: “¡Compro fierros, catres, botellas!”. Pero no conseguimos mucho.

No se preocupe. Mañana será un nuevo día dije para animarlo.
Así me gusta escuchar…

Me sacudió los cabellos y empezó a silbar.

¿Qué música es esa?
Lo escuché en una película, El puente sobre el río Kuwait. ¿Te gusta?
¡Sí!
Entonces, silba conmigo.

Regresamos silbando y luego contó que la película era sobre unos soldaditos. Me gustó tanto como aquella tonada y silbé mientras volvía a casa. Seguí silbando en la cama, en el baño y silbé más cuando tuve una gran idea para ayudar a juntar más chatarra. Me estaba convirtiendo en un emprendedor. Silbé para mi madre y en mis sueños para Zavalita y él silbó conmigo.

Al día siguiente, aparecí más temprano en el negocio del anciano y, al verme, se sorprendió.

¿Qué hiciste? ¿Así piensas matar a los ratones?
No, señor, es para conseguir más chatarra.

Estaba disfrazado de un soldado, supuestamente, de esa película. Colgué una radio en mi hombro izquierdo, una tetera en el otro brazo, una olla en la espalda; usé un tazón como casco; dos fajas cruzaban mi pecho colgando de ellas cucharas como si fueran balas; un cinturón de tarros de leche eran mis granadas y la escoba, mi escopeta.

Caminamos casi todo el día. Yo iba adelante, silbando. La gente nos regalaba cosas, nos invitaban, se reían y logramos una gran mercancía.

Ya hice mi parte. ¡Ahora ayúdeme a matar a las ratas! —Le reclamé al regresar.
Si las matamos, vendrán otras y seguirán tus temores. La idea no es eliminar a lo que se tiene miedo, sino eliminar el miedo.

Quería protestar; pero, como siempre, él tenía la razón. Lo abracé con todas mis fuerzas.

¿Te gustaría escuchar el final de la historia de aquellos hermanos?
¡Sí! contesté, mientras sentía sus manos acariciando mi cabeza.
Fue en un amanecer, cuando el hermano mayor, cansado de la existencia del menor, lo mandó a llamar y nuevamente le advirtió: “De hoy en adelante, solo eres dueño de lo que tus pies pisen y, si das un solo paso, ya estarás en mi territorio y me servirás como todos los demás”. “Así será”, contestó el otro sin inmutarse. Los pocos fieles que aún le seguían vieron que en esas circunstancias ya era imposible vivir y lo abandonaron definitivamente. En ese instante, el menor se sentó en el lugar en el que estaba y cerró los ojos para no ver lo que no le pertenecía. Se tapó los oídos con un amasijo de barro e inventó un ser que no era ni humano, ni animal ni se parecía a ninguna planta; no se veía ni en la luz ni en la noche y lo hacía cantar sin hacer ruido. Solo él escuchaba la canción; le pareció perfecta y se quedó allí, contemplando a su ser inventado, sin que se lo quitaran. No pasó mucho tiempo y murió. El mayor hizo un gran festín y también murió atragantado, porque eran hermanos y siempre debían estar juntos. Así lo predestinó Mochá.
¿Y qué pasó con los hombres?
Este dios dijo: “Pasarán los años, vendrán nuevos dioses sobre los hombres, pero ellos seguirán sirviendo a cualquiera de estos dos patriarcas. Al primero lo seguirán masivamente a causa de la ociosidad y al otro lo irán dejando, aun sabiendo que con uno se harán esclavos y con el otro libres.
¿Y cómo se llamaban esos patriarcas?
¿Todavía no lo adivinas? El nombre de uno era Ignorancia y del otro Sabiduría.
Tengo una duda…
Dime.
¿Desde cuándo usted me conoce?

Y, sin inmutarse, contestó:

Desde que enfermaste, y nos conoceremos más mientras más enfermo estés…

Lo solté y salí corriendo, nervioso, asustado. Pasé por una tienda de ropa en cuya ventana tenían un espejo grande, me acerqué a él y me vi, completamente enfermo. Tomé la maceta que adornaba la puerta y la arrojé con fuerza sobre el vidrio. El dueño apareció y me dio con un palo en la espalda hasta caer al suelo. Algunos gritaban: “¡Échenle agua!”, y así lo hicieron. Me levanté apenas y corrí hasta llegar a casa y me escondí en la cama, pensando que en cualquier momento el dueño de la tienda aparecería para romperme algún otro hueso, pero no llegó.

***
Al amanecer, aún estaba húmeda mi ropa, pero no me importó. Recobré el optimismo de siempre y me fui al negocio de mi amigo. Me senté frente a su portón, puse mi bolsa de cuaderno en el piso y, como todos los días, cerré los ojos…

Separo las dos puertas como si fueran cortinas y veo al reciclador, voy hacia él y me abraza; escucho algo, abro los ojos por un momento y veo a una señorita dejándole los panes con aceituna; me da una sonrisa y se va; vuelvo a cerrar los ojos y le digo:

Ya sé quién pone los panes en la bolsa…

Me llena de besos la cabeza y promete nunca dejarme. Empieza a silbar y yo también. Hablamos y supongo que es ahí cuando la gente me llama loco, creyendo que hablo solo, sin saber que el reciclador de almas vive en la mente de todos los que tienen esa enfermedad. Cuando se hace tarde, nuevamente abro los ojos, reviso mi bolsa y descubro que alguien echó en ella treinta céntimos. Recojo mis cartones, que en un principio dije que eran cuadernos, y voy comiendo los panes. Saludo a mi amiga de la otra esquina, la maga. Ella instaló una cocina invisible en una vereda, para que no le roben los utensilios. Se molesta cuando algún transeúnte cruza por ahí con los zapatos sucios y se dedica a barrer todo el día porque ama la limpieza. Ella también tiene una amiga invisible con quien conversa, pero sin cerrar los ojos. A veces paso por ahí; saca algo, supongo que de una olla, y me invita. Yo la recibo, ella se alegra y eso me basta.

Regreso a la casa abandonada, a mi casa, donde el retrato de mi madre me espera sobre la mesa, mirando hacia la calle. La verdad, no tengo mamá: aquella foto es un recorte de revista que encontré en la escuela o, mejor dicho, en el manicomio de Jauja, del cual logré escapar sin voltear hasta llegar a Tarma de la mano de mi madre; en términos más claros, con el retrato de aquella modelo vestida de azul. Vivimos juntos. Ahora ella tiene el vidrio en el marquito para que divise la ciudad sin que el viento la moleste. Nuevamente cierro los ojos y la veo besarme, preparándome el guiso de pollo que tanto me gusta. Le digo que mi amigo, el reciclador, quiere visitarla. Ella se sonroja y sospecho que, pronto, Daniel ya no será mi amigo… Se enamorará de mi madre, de eso estoy seguro, y le diré papá.

FIN

1 comentario

  1. Bellas lecturas.Un día mis estudiantes tuvieron el privilegio de contar con la presencia del prof. Daniel en el aula para conversar con él como autor de una de dus obras que estaban leyendo y quedaron maravillados. Felicitaciones profesor.

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