viernes, 28 de agosto de 2020

Perdido en la creación | Rusvelt Nivia Castellanos

Hace unos años, yo conocí a este artista, recuerdo que era un hombre con ojos de luciérnagas. La última vez que lo vi en esta vida, fue junto a la ventana de su habitación modernista. Ese día, lo percibí preocupado en su personalidad. Por cierto, él manifestaba un semblante fantasmagórico. En cuanto a su ocupación; hacía de escritor existencial y por tanto vivía encerrado en su residencia, obrando novelas por la patria de Macombia. Demás como persona, tenía la cara regordeta en medio de su piel blanca, que lo distinguía tan propiamente. Y le gustaba fumar con pasión. Entre los atardeceres, prendía el cigarrillo, adentro en su biblioteca. Tiempo después; pasaba a la estantería y tomaba los libros de siempre. Allí bien, rememoraba las historias de Gabo y Héctor, leía sus obras literarias, las imaginaba con agrado y al nuevo tiempo, pasaba a su escritorio y resuelto se sentaba de frente al computador para rehacer a la literatura artística. Ahí en además su situación, pensaba en los miserables y con deseo febril, se ponía a relatar las atrocidades de sus personajes malditos. El estruendo de los hombres al morir, lo convirtió consecuentemente en un hombre revoltoso con la escritura.

domingo, 23 de agosto de 2020

Zoo | Federico Rivolta

Llegó caminando por una avenida solitaria. A su alrededor, miles de papeles cubrían el suelo. Un viento los levantó junto con tierra, formando una enorme y sucia espiral a su alrededor.

Alzó la mirada y leyó en el umbral de hierro unas letras despintadas. Aún podía leerse con claridad el nombre del lugar: “Zoológico”.

—Una entrada, por favor —dijo él.

—Gracias por la visita, que pase un buen día… Gracias por la visita, que pase un buen día… Gracias por la visita…

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuatro paredes blancas | Juan Luis Henares

Sucedió por primera vez una noche al regresar del trabajo. El perro se apareció de repente, al darme cuenta lo tenía a centímetros de mi pierna; hasta podía sentir el olor que salía de su boca babeante al ladrarme. Era inmenso, negro, de esas razas que suelen matar a los pequeños hijos de los dueños de grandes mansiones. Me mordió; grité de dolor y apretó con fuerza. Fue ahí cuando lo miré fijo a los ojos, y ante mi asombro aflojó su mandíbula; me soltó, tras lo cual cayó al piso. No entendí nada, lo vi quieto —parecía no respirar—, lo pateé y no se movió. Estaba muerto.

sábado, 15 de agosto de 2020

De héroes y villanos | Federico Rivolta

Encerrado. Aislado del mundo. Condenado sin haber cometido ningún crimen. Mi padre jamás me permitió salir de nuestro hogar y tampoco me dio motivos.

Todo lo que sé de los hombres es gracias a las historias, a las historias que él me contaba; historias de héroes y villanos.

Mi padre se hacía cargo de todos los quehaceres de la casa, y a mí me sorprendía su habilidad a pesar de que le faltaba un brazo. Admiraba además su rapidez en la lectura, rapidez que siempre adjudiqué a su ojo de más.

viernes, 14 de agosto de 2020

Ruego desesperado | Marcelo Medone

Cuando era adolescente, me llevaba el mundo por delante y me creía inmortal, dueño de un cuerpo esbelto y atlético, digno de un semidiós. Luego, ya más maduro, empecé a temerle a la lejana muerte y me único anhelo fue encontrar la manera de eludirla. Amasé una inmensa fortuna con el solo propósito de financiar mi empresa. Contraté a los científicos y sabios más renombrados de alrededor del mundo. Finalmente, lo he logrado.

domingo, 9 de agosto de 2020

La protectora | Andrés Camilo Rodríguez Yunda

Si la vida fuera perfecta y las aves, los montes y las calles fueran tan verdes como el esplendor de los amantes que sueñan y de los pajarillos que cantan en las mañanas, no estaría el día de hoy frente a esta estúpida litera cantándole al cielo en busca de la libertad, sintiendo el olor pesado de las cochinadas de mi compañera de cuarto y el horrible sabor de la comida. Yo no tengo la culpa de que ese animal se hubiera atravesado en el tejer de mis días y hubiera destruido con sus bigotes, con su piel y con sus uñas todos los planes que tenía para el fin de semana, sí que menos tengo la culpa de que ese estúpido animal se encuentre el día de hoy tres metros bajo tierra.

Todo comenzó hace ya cuatro días, creo que era martes y hacía calor, a mí me gustaba salir a caminar por las mañanas para ver como las calles, los caños y los árboles se quedaban mirándome con esa mirada triste que se impregnaba en la roma, en las manos, en los zapatos. Solo que ese día no fui a trotar porque mamá me había castigado y tenía prohibido salir, así que me quede en casa haciendo oficio y escuchando música, nada especial en todo caso, me maquille, me tome muchas fotos y vi muchos videos, a eso de las cuatro de la tarde ya estaba irritada y me estaban dando ganas de escaparme por el tejado, mi primo se estaba quedando en la casa con su novia así que tuve que soportar ese estúpido ruido de los besos, y sus ademanes de idiotas enamorados... ¡mierda!

sábado, 8 de agosto de 2020

Tres cuarenta y cinco de la madrugada | R. G. Astrid

Eran las cinco de la madrugada. El viento soplaba con fuerza en el exterior, agitando los ventanales del hospital. Evelyn, quien se encontraba en su primer guardia en el servicio de urgencias, yacía tendida en el suelo a un lado de las escaleras. Cargaba el peso de su consciencia y diecinueve horas sin dormir, un poco de café circulando en su sistema y apenas una galleta en su ya lastimado estómago. Pero lo que más le pesaba no eran sus horas de sueño perdidas y mucho menos su falta de comida o bebida. Su peso estaba regido por el recuerdo de lo que en su primer guardia tuvo que enfrentarse. Cerraba sus ojos pesarosa y a cada momento venía a su mente el recuerdo de aquel cuerpo inerte que dejó en la sala. Sentía qué tal vez se había equivocado de carrera o quizá simplemente no merecía existir. Las lágrimas no dejaban de brotar y rodar por sus mejillas. Desde hacía un buen rato, su celular no dejaba de sonar, pero no tenía ánimos de responder y nada podría ser peor que lo que ya le esperaba como consecuencia de sus actos. Aunque intentaba calmarse para continuar con su jornada, no paraba de llorar. Su amiga Leslie fue a su encuentro por órdenes del doctor Ramón, quien estaba furioso.

—Así que aquí estás, te estuve llamando. Las enfermeras me contaron lo qué pasó —dijo Leslie.

lunes, 3 de agosto de 2020

Inteligencia artificial | Fabrizio González Torres

La alerta del teléfono se encendió. Se trataba de una luz color violeta que anunciaba la entrada de una llamada del sistema operativo, un aviso de actualizaciones o mensajes del proveedor de los motores de navegación.

Rafael tomó la llamada y el indicador de su tira ciudadana se tornó de un color rosado, algo muy llamativo que le enfadaba sobremanera.

—¿Qué sucede “Alecita”?

El estado de ánimo del interlocutor provocaba una reacción en los circuitos del teléfono, que era capaz de leer los signos vitales de quien lo sostenía, diagnosticando sus emociones de una manera muy acertada, hecho que el sistema operativo interpretó, emitiendo una respuesta.

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