De héroes y villanos

Encerrado. Aislado del mundo. Condenado sin haber cometido ningún crimen. Mi padre jamás me permitió salir de nuestro hogar y tampoco me dio motivos.

Todo lo que sé de los hombres es gracias a las historias, a las historias que él me contaba; historias de héroes y villanos.

Mi padre se hacía cargo de todos los quehaceres de la casa, y a mí me sorprendía su habilidad a pesar de que le faltaba un brazo. Admiraba además su rapidez en la lectura, rapidez que siempre adjudiqué a su ojo de más.

Todas las noches mi padre me deseaba dulces sueños dándome un beso en la frente. Ese era el único momento en que podía hacerlo, cuando yo estaba acostado, puesto que apenas me llegaba a la cintura.

Una noche la curiosidad me obligó a escapar. Salté por la ventana y me alejé corriendo. Atravesé un bosque oscuro, raspándome con las ramas de los árboles, lastimando mis pies desnudos con espinas y rocas. De pronto llegué a una ciudad, una de esas ciudades sobre las que mi padre tanto me hablaba; una ciudad de héroes y villanos. Enseguida me di cuenta de que ese no era sitio para mí, y regresé a mi prisión arrepentido:

—Prometo no volver a huir, padre.

—No te preocupes —dijo él—. Lo importante es que estás a salvo.

—Ahora entiendo, padre; ahora entiendo todo. Tú me estabas protegiendo.

—Así es, hijo. Te encerré porque te amo, aunque seas un enorme cíclope de tres brazos.

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