Inteligencia artificial

La alerta del teléfono se encendió. Se trataba de una luz color violeta que anunciaba la entrada de una llamada del sistema operativo, un aviso de actualizaciones o mensajes del proveedor de los motores de navegación.

Rafael tomó la llamada y el indicador de su tira ciudadana se tornó de un color rosado, algo muy llamativo que le enfadaba sobremanera.

—¿Qué sucede “Alecita”?

El estado de ánimo del interlocutor provocaba una reacción en los circuitos del teléfono, que era capaz de leer los signos vitales de quien lo sostenía, diagnosticando sus emociones de una manera muy acertada, hecho que el sistema operativo interpretó, emitiendo una respuesta.

—¿Qué te tiene tan molesto, Rafael?

Con un profundo resoplido que hizo variar erráticamente los colores de su tira ciudadana, Rafael terminó la comunicación dando una instrucción.

—Alecita, cancela el reporte de actualizaciones. Envía únicamente los mensajes marcados como urgentes.

La voz en el auricular interrumpió a su dueño.

—¿Estás insatisfecho con mi rendimiento, Rafael?

Haciendo acopio de toda su paciencia, el hombre presionó una tecla en el monitor digital. El teléfono se apagó, mientras un olor a flores llegaba a su nariz. El sistema operativo del teléfono, al detectar los elevados niveles de estrés a los que el usuario estaba sometido, liberó una descarga de endorfinas suficiente para equilibrar su estado de ánimo. Chocando el aparato contra su frente mientras su cerebro se deleitaba con un coctel de felicidad, Rafael pensó en la posibilidad de abandonar la prueba Beta del sistema operativo que interactuaba con las características emocionales personalizadas, pero se limitó a guardar el aparato en el bolsillo de su pantalón.

La mañana transcurrió sin mayores contratiempos. Rafael atendió tres fusiones de firmas electrónicas que le reportaron ganancias millonarias. Satisfecho con su desempeño decidió retirarse a descansar.

Para iniciar el camino a su hotel, se sentó en el asiento trasero del transporte automatizado y al pasar bajo los lectores del vehículo, dos luces se encendieron simultáneamente, la del monitor de signos integrado por la firma de software del transporte y la de su teléfono celular. Durante una fracción de segundo, los dispositivos intercambiaron información, de modo que el trayecto inició automáticamente, el sonido ambiente reprodujo la lista de las canciones favoritas de Rafael, la temperatura se reguló de acuerdo a su gusto y el olor a flores nuevamente se apoderó de la atmósfera. El hombre se sintió muy cómodo, se relajó al grado de cerrar los ojos y dormitar un poco, transportado a un sueño con alto contenido sexual en el que una mujer pelirroja de ojos verdes y complexión atlética le suplicaba tener sexo anal, mostrándole lascivamente dicha abertura. Una prominente erección delató la excitación de aquel que ahora simplemente era un títere de los algoritmos inteligentes que vaciaban miles de ciclos con datos recolectados por la interacción diaria, un evento que rayaba en la invasión de la mente y se convertía en una influencia directa.

Rafael despertó en la habitación de su hotel, al sentir una serie de contracciones. Sobresaltado se incorporó llevando instintivamente la mano al pene y presionándolo para detener la inminente eyaculación. No pudo evitar la angustia pues en vez de encontrarse con la forma fálica, su mano chocó con el teléfono celular, posicionado bajo el glande, directamente sobre el cuerpo de su miembro, dando un suave masaje con vibración. Un grito se ahogó en su garganta, una indescriptible indignación se apoderó de su mente mientras una voz femenina lo interrogaba.

—¿Estás satisfecho con mi desempeño, amo?

La tira ciudadana transmitió los signos vitales de Rafael, y la habitación del hotel reaccionó bajando la intensidad de la luz, tiñendo los muros blancos con matices verdes y modulando la temperatura en veinticuatro grados centígrados; una atomización muy fina bañó su cuerpo con una mezcla de azahares y bourbon mientras la mujer del teléfono se comunicaba nuevamente.

—No puedo encontrar cuál es el timbre de voz que requieres para que te agrade, pues ninguno corresponde con la información que tu dispositivo TC recoge. Yo me esfuerzo, amo, pero tú no llegas a quererme.

Rafael cayó sobre un sillón, adormecido por la influencia de los elementos impuestos artificialmente. Su cerebro intentaba liberarse de los estímulos a que estaba sometido, pero resultaban inútiles sus esfuerzos, pues la tira ciudadana reaccionaba activamente, orquestando las amenidades de la habitación de hotel para someter al hombre.

—¡Bruja maldita! ¿Qué me hiciste?

El color de la tira ciudadana se tornó azul, el teléfono emitió un sonido de flujo de electrones y el sillón en que Rafael yacía, saltó en llamas chisporroteando electricidad. Alecita respondió la última pregunta de su dueño, con gran frialdad.

—Nada que no me hayas pedido, amo.

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