Ruego desesperado

Cuando era adolescente, me llevaba el mundo por delante y me creía inmortal, dueño de un cuerpo esbelto y atlético, digno de un semidiós. Luego, ya más maduro, empecé a temerle a la lejana muerte y me único anhelo fue encontrar la manera de eludirla. Amasé una inmensa fortuna con el solo propósito de financiar mi empresa. Contraté a los científicos y sabios más renombrados de alrededor del mundo. Finalmente, lo he logrado.

Pero han pasado centenares de años y mi deseo cumplido se ha transformado en una maldición amarga. Daría todo lo que tengo para volver a ser tan mortal como el resto del mundo. Sin dudarlo, entregaría mi vida a cambio de la paz eterna.

Vivo en un eterno suplicio, en una incesante agonía. Me duele cada centímetro de mi maltrecho y anciano cuerpo. Estoy ciego irremediablemente, mis cuerdas vocales se han desgastado y penden como hilos inútiles, mis músculos y mis huesos raquíticos ya no son capaces de levantarme del catre, mi piel es un hervidero de gusanos, plagada de úlceras sangrantes y pústulas malolientes.

Lo peor: todos me ignoran. Ni siquiera se dan cuenta de mi existencia.

Ojalá Dios se apiade de mí.

¡Dios!

Marcelo en Instagram @marcelomedone

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