sábado, 8 de agosto de 2020

Tres cuarenta y cinco de la madrugada | R. G. Astrid

Eran las cinco de la madrugada. El viento soplaba con fuerza en el exterior, agitando los ventanales del hospital. Evelyn, quien se encontraba en su primer guardia en el servicio de urgencias, yacía tendida en el suelo a un lado de las escaleras. Cargaba el peso de su consciencia y diecinueve horas sin dormir, un poco de café circulando en su sistema y apenas una galleta en su ya lastimado estómago. Pero lo que más le pesaba no eran sus horas de sueño perdidas y mucho menos su falta de comida o bebida. Su peso estaba regido por el recuerdo de lo que en su primer guardia tuvo que enfrentarse. Cerraba sus ojos pesarosa y a cada momento venía a su mente el recuerdo de aquel cuerpo inerte que dejó en la sala. Sentía qué tal vez se había equivocado de carrera o quizá simplemente no merecía existir. Las lágrimas no dejaban de brotar y rodar por sus mejillas. Desde hacía un buen rato, su celular no dejaba de sonar, pero no tenía ánimos de responder y nada podría ser peor que lo que ya le esperaba como consecuencia de sus actos. Aunque intentaba calmarse para continuar con su jornada, no paraba de llorar. Su amiga Leslie fue a su encuentro por órdenes del doctor Ramón, quien estaba furioso.

—Así que aquí estás, te estuve llamando. Las enfermeras me contaron lo qué pasó —dijo Leslie.

Se puso en cuclillas, aproximándose a Evelyn, quien apenas abrió los ojos para volverlos a cerrar. El llanto que había disminuido luego de media hora de llorar sin control se acentuó.

—El doctor Ramón quiere verte. Está furioso contigo, dice que debiste ir a despertarlo en lugar de hacer todo tu sola. Me amenazó con castigarme si no lograba encontrarte.

—¿Y si, mejor renuncio?

—No estaría nada mal. Pero, ya que prefieres dejarte llevar por tu soberbia y tomar las riendas por tu cuenta tendrás que terminar lo que empezaste e informar a la madre lo sucedido. —Al escuchar la voz del doctor Ramón, la sangre se les heló a las jóvenes internas—. Y tú, Leslie, deja de perder el tiempo con la inútil de tu amiga y ve a tu puesto, a menos que quieras quedarte otra noche castigada.

El celular del doctor sonó, contestó la llamada y se marchó enseguida. Leslie se levantó luego de dicha amenaza y se marchó a continuar con su trabajo. Evelyn caminó rumbo a la sala de espera, mientras tanto, iba pensando en lo sucedido.

Su apariencia física me resultaba bastante familiar, pues se parece mucho a aquel amigo al que perdí cuando estaba en segundo semestre de la carrera y ahora que lo pienso, tuvo la misma causa de la muerte. Su cabello era castaño y rizado, de complexión endomorfa, semejante a un oso de peluche, su piel era clara como la leche, de ojos grandes y labios gruesos.

Llegó a las dos dieciocho de la madrugada, su madre lo trajo al hospital. La razón, un fuerte dolor en el pecho que irradiaba a la mandíbula, espalda y brazo izquierdo. Se encontraba sudoroso y en su rostro una expresión de angustia.

—¿Me voy a morir, doctora? —preguntó mientras le jalaba de la bata.

La única respuesta a su interrogante era una negativa con el rostro que se movía de lado a lado. Tomó un expediente en sus manos, lo hojeó y prosiguió con algunas preguntas. Luego de la entrevista clínica, Evelyn determinó que se trataba de un problema de ansiedad con un cuadro de gastritis, debido a que, de acuerdo a los antecedentes médicos del paciente, días antes había sido ingresado por la misma razón y además tenía antecedentes personales y familiares de ansiedad.

—¿Y, cómo esta mi hijo doctora?

—Su hijo estará bien, se lo aseguro —dijo mientras procedía a escuchar su corazón con el estetoscopio—. Es común ver estos casos —agregó.

La mamá miraba con preocupación a su joven hijo quien se mostraba más intranquilo a cada minuto y llevaba su mano derecha al pecho, como si quisiera estrujar su corazón con la mano en forma de garra. La doctora Evelyn, quien observó el rostro de la madre de su paciente, tocó su hombro y añadió:

—De verdad, no se preocupe, su hijo estará bien, lo importante es que ya está aquí y para su tranquilidad lo mantendremos en observación y realizaremos algunos estudios.

Terminada su oración, procedió con total calma a tomar las muestras de sangre, lo recostaron en una cama y comenzaron a colocar el electrocardiograma, un poco de oxígeno y hasta ese momento su joven paciente se encontraba consciente. Sin embargo, lucía agitado, además, en su rostro se dibujaban arrugas en su frente y éste fruncía el ceño. Su respiración era rápida y profunda.

Apenas terminó de conectarlo al electrocardiograma, se aventó con fuerza hacia atrás golpeando su cabeza, segundos después comenzó a convulsionar.

El guardia del hospital se acercó a la señora para escoltarla a la sala de espera, pues en su desesperación entorpecía la labor de la doctora y las enfermeras. A lo lejos se escuchaban sus gritos, los cuales penetraban en lo profundo de Evelyn. Era un lamento cuya desesperación era tal, que quien lo escuchara preferiría taparse los oídos.

La convulsión duró poco y su cuerpo quedó inmóvil. Los trazos en el electrocardiograma representaban una aberración eléctrica donde era imposible diferenciar un patrón. Mientras tanto, el equipo de salud realizaba maniobras en un intento desesperado por preservar su vida.

En la sala se escuchaban sus voces desesperadas diciendo “carguen”, “despejen”. Luego de varios intentos y de aplicar medicamento por vía intravenosa, un sonido agudo se hizo presente. Su corazón se había detenido.

El tiempo se fue volando. Evelyn estaba al borde de la locura, insistía en aplicar adrenalina por todas las vías que se le ocurrieran, incluso intentó directo al corazón. Se empecinaba dando masajes cardiacos.

La enfermera, quien lucía llena de experiencia, con su cabello gris y algunas arrugas en la frente. Tocó su hombro y movió su cabeza en señal de negación, pidiéndole que parara. Evelyn suspiró.

—¿Hora de la muerte?

—Tres cuarenta y cinco de la madrugada, doctora.

El silencio se apoderó de la habitación, miraron con tristeza el cuerpo sin vida del paciente, cuya edad aparente era la de un joven de diecinueve años. La boca de Evelyn estaba seca y su cabello mojado por el sudor. Aunque intentó hablar, no pudo hacerlo, si emitía cualquier sonido en ese momento comenzaría algo que difícilmente podría terminar.

Caminaba por los pasillos del hospital, buscando un poco de calma y serenidad para prepararse en dar la terrible noticia. ¿Cómo habría de decirle a la madre? A esa mujer a quien le aseguró con toda firmeza que su hijo saldría adelante.

Aún, a pesar de haber actuado con la mayor rapidez, que su cuerpo ya exhausto le permitía, las cosas no resultaron a su favor y por ello, la ira y frustración le aquejaban, sin importar que hizo todo al pie de la letra como se lo habían enseñado.

Su corazón latía a toda prisa, como si intentara escaparse de su pecho. Respiró profundo, talló sus ojos tratando de borrar cualquier rasgo de tristeza. Se estiró un poco, en un intento por mejorar su postura. Abrió la puerta de la sala de espera, con el presentimiento de que ésta, sería una noche larga.

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R.G. Astrid (Estado de Tamaulipas, México), Estudiante de la carrera médico cirujano. Asiste al taller Alquimia de palabras. Participó en la antología de cuentos y relatos “Alquimia de palabras” y “Cuentos cortos para noches largas”. Ha colaborado en blogs y revistas digitales como Teresa Magazine y Revista digital Elipsis, con algunos de sus cuentos.

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