martes, 10 de noviembre de 2020

Desaparecidas | Daniel Barrera Blake

Como cada noche al llegar a casa, se desparramó en el sillón frente al televisor y comenzó el ritual de quitarse los zapatos, el arma y ahora también el cubre bocas. Y en medio de ese ritual, que en realidad era una lucha contra su abultado abdomen, recordaba al Toño en aquellos tiempos que terminó su preparación oficial como criminólogo forense, técnico en crímenes informáticos y cuanto curso policial tuvo la oportunidad de estudiar. Con el cuerpo atlético, la sonrisa ancha y paso altivo, andaba el Toño. Quería comerse a todos los criminales del mundo, prometía reformar al país desde sus instituciones judiciales y de justicia. Aquellos tiempos del Toño habían quedado atrás, ya solo era Antonio Anzures, nombre de pila de alguien serio, de alguien respetable que juega bajo las reglas de la comisaría sin dar problemas. Y también nombre de alguien con el espíritu corrompido por el sistema… “Antonio Anzures, nombre de un perdedor”, pensó.

—Flaca, quítame las botas.

—Ay Antonio, quítatelas tú.

—Chingada madre…

Antonio miró a su esposa en el otro sillón, le quedaba de perfil, estaba entre acostada y sentada con los pies encima de la mesita de centro, el cuello torcido, los ojos chiquitos enrojecidos y los pulgares calludos de tanto celular todo el condenado día.

—¿Qué hiciste de cenar?

—Ya pedí pizza, ahorita llega, ¿Cómo te fue hoy?

Se sacó el arma del cinturón para poder desabrocharlo. Colocó la pistola oxidada sobre la mesita y reanudó la faena de quitarse las botas, la panza era el enemigo a vencer. Repasó su día en la cabeza antes de contestarle a su mujer, había despertado positivo como siempre, decidido a realizar ese cambio prometido a los veinte, aún podía hacerlo, estaba seguro. Para las ocho de la mañana su corazón ya bombeaba más cafeína que sangre, necesaria para soportar la jornada entera en el departamento de desaparecidos, el más pesado. Media hora después, ya estaba leyendo el primer reporte de una torre de legajos que tenía frente a él. Su vista estaba bien entrenada para enfocarse en los datos importantes. Con cada reporte que leía, las viejas convicciones de su juventud le prendían como brazas en el pecho.

Soraya, estudiante de medicina, veintidós años, pantalón blanco y blusa de rayas, se busca desde antier, no fue el novio, el tipo anda de viaje.

Maribel, estudiante de preparatoria, dieciséis años, uniforme escolar, hace una semana desapareció, ultima vez vista en el transporte rumbo a su casa.

Lorena, secretaria, veinticinco años, mini tatuajes en hombro y muñeca, ultima vez vista con el novio en su auto.

María, treinta años, se dedicaba al hogar, madre de cuatro…

La lectura se extendería por las siguientes cuatro horas, después iría a comer y al regresar a su escritorio seguiría leyendo hasta acabar con los reportes del día y archivarlos como Dios manda, en la bandeja de pendientes. Terminaría como todas las noches, con las manos sucias, negras de tanta miseria y el rostro colorado del coraje que le provocaba leer tanta injusticia, tanta desaparecida, tantos futuros desgarrados…

—Ya llegó la pizza.

Su esposa le espantó las cavilaciones y le arrimó un plato y un refresco. Antonio prendió el televisor para ver el noticiario nocturno. El presentador comenzaba a dar las noticias de violencia en el país, afuera se escuchó un chirrido de llantas, frenos de un auto, gritos de mujer. La pantalla enumeraba los homicidios diarios, mientras los gritos en la calle continuaban, algunas quejas, por dioses, vidrios rotos. “…a pesar de la contingencia sanitaria, las cifras de desaparecidas no disminuyen…”. Antonio se enojó, no podía escuchar y la parte que más le interesaba estaba a punto de comenzar, le subió todo el volumen al aparato, la voz del presentador, cavernosa y viciada con el sonido de la televisión del vecino, sofocaba los gritos de ayuda del exterior y el acelerón de un auto que se alejaba quemando neumáticos…

—¡Chingado! que fea está la situación, ¿viste cuanta desaparecida en las noticias? —le decía a la esposa— y yo con las manos atadas, sin personal ni recursos, carajo.

—Mhmm… —contestó sin levantar la vista del celular.

Terminó el noticiario justo con el último pedazo de pizza. Antonio se levantó y le dio las buenas noches a su esposa, había que madrugar si se quería cambiar las cosas de verdad. Esa noche, como todas las noches desde hacía años, el altivo Toño durmió intranquilo, decepcionado, derrotado, mientras Antonio Anzures durmió como un bebé.

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