domingo, 1 de noviembre de 2020

Melancolía al escribir | Path Lune

Cuando escribía en medio de las clases, sentía que era ingenuo pretender dividir mi atención. Al conocer mis inclinaciones, sabía que me había entregado a esta tarea de mi pulso, de un ritmo y una narrativa que podía emerger en cualquier instante. Sabía que al escribir en medio de un tema en curso, me estaba perdiendo de otra revelación, de otra experiencia. Sabía que mi participación en clase era incipiente, apenas podía podía detenerme sobre algunas palabras que alcanzaba a desmenuzar como la carne en las manos de las abuelas. Con paciencia. Pero a veces el ritmo acelerado del discurso, me hacía pensar que estaba en una esfera esquizofrénica de confusión y dispersión por la velocidad que se saltaba los temas, las discusiones, y a menudo no tardaba en sentir ese vacío.

Pensaba que si escribía mal, era como si un juez imaginario y la ley interiorizada, me dijera que midiera mis pasiones, me negaba incluso la posibilidad de equivocarme o fracasar. Tenía el temor de avergonzarme o retractarme de un juicio endeble o frágil, así como sentía que era mi identidad, la cual parece concertar en la búsqueda de aprobación acudiendo a unos valores elitistas, masculinos y sesgados por mis condiciones de clase. En mi familia nadie escribía, tengo imágenes muy pobres de mi hermana o madre tomando un libro, a mi abuela apenas la recuerdo tomando notas para hacer la lista del mercado. Para mi desilusión al compararme con precipitación con autoras e incluso autores, encontraba que en mi experiencia la frustración de ser insuficiente para escribir con el alma. La literatura parecía anular cualquier impulso creativo femenino.

La adaptación para las mujeres en el mundo contemporáneo, en la medida que conoce su historia de género como familiar, provoca ciertas renuncias. La calma parece un retroceso vano, el placebo de abanicarse de los recuerdos en las tardes abrasadoras. Así, podría refrescar mi piel seca con las confesiones del pasado, sentir el viento en viejos diarios. Las palabras de ayer son cometas coloridas que se conectan con la voluntad por una fina cuerda. A veces toca soltar, expulsar desde dentro esos bichos que pican las neuronas por un tiempo sostenido. Quedarse vacío es otra oportunidad para ilusionarse con fantasías, entra en un juego seguro del goce y no sólo de su materialidad. Si sueño con escribir, puede que apenas realice unos párrafos, tan leves, con bases tan inestables, que no puedan sostener ni una taza de café en la madrugada. Pero con eso basta, sólo con balbucear para comprender la lengua herida de las mujeres.

Otra cosa segura de la soledad es saber que nadie iba a leernos en el momento oportuno. Quizás el tiempo pase, y sus efectos sólo correspondan a las causalidades y la curiosidad misma del ser humano. Si alguien me lee, entenderá que yo podría leerle, sentir que compartimos una compañía simbólica. Al menos, alguien se ha detenido a ver una moneda en la calle, la cual hubiese ignorado si estuviera de afán o se sintiera satisfecha con sus billetes en sus bolsillos. A menudo cuando decido parar, es porque quiero contemplar la vida, sus ciclos y estaciones.

Cuando miro los perfiles de las redes sociales, me parece un ocio fascinante que me inspira a escribir, aún más en tiempo de pandemia. Me sorprende el poder de sus imágenes para mostrarse como monedas brillantes. Me hace pensar: “qué agradable, qué deseable es”. Ese erotismo de la imaginación del otro, me hacía pensar en el poder de la identidad, la obra y el creador. Tengo fijaciones por ciertas fotografías que repercuten en esta búsqueda, son convicciones de ciertas revelaciones estéticas que me acunan para encontrarlas de vez en cuando.

Quizás esta fascinación a los colores y al mundo simbólico de cada objeto hacía que recordara los encuentros cuando quise por vanidad ser amada así como yo anhelaba al final del día de estos pequeños actos deliberados.

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