martes, 17 de noviembre de 2020

Terapia | Juan Valentín López V.

Eran cerca de las cinco de la tarde, la luz entraba por la ventana dando en la espalda del hombre, éste revisaba los documentos sobre su mesa detenidamente.

—¡Cecilia! ¡Cecilia! —llamó dos veces a su secretaria, al ver que esta no contestaba quizá por la distancia entre los dos, o el bajo tono de su voz, tomó el teléfono y le llamó.

—¡Cecilia! Por el amor de Dios, llevo diez minutos llamándola.

—Sí señor, discúlpeme no le escuché, ¿en qué puedo ayudarle?

—Todavía queda una paciente, ¿verdad?

—Dos, señor, uno es el que le dije hace media hora…

—Haga pasar al primero Cecilia, y verifique en la agenda cuántas citas tenemos, mañana quiero irme temprano.

—¡Sí señor, ya mismo!

Unos minutos después entraba un hombre bien vestido, perfectamente peinado, delgado y recién afeitado, el hombre caminó tímidamente hasta el doctor, y le saludó de mano.

—Doctor Garmendia, mucho gusto, soy Gustavo, espero disculpe que esté aquí sin reservar cita. —El doctor le estrechó la mano, y le miró a los ojos con una sonrisa de paciencia, como si eso le pasara todos los días.

—No se preocupe, señor Gustavo, después de todo mi deber es ayudar a las personas sin importar la hora.

—¿Seguro? —Preguntó el paciente mientras se sentaba en la silla frente al doctor.

—Claro que sí, pero cuénteme señor Gustavo, ¿qué lo trae aquí?

—Verá doctor, yo nunca he visitado un psicólogo antes, y la verdad no es que este aquí por gusto, pero estoy desesperado. Me siento muy extraño en los últimos días, como que ya no soy yo…

—Entiendo, lo mejor será que se recueste en el sillón que está detrás de usted, así estará más cómodo. —El hombre se paró lentamente, se quitó la chaqueta y la puso en el perchero junto al mueble, luego se recostó boca arriba y respiro profundo.

—Bien, señor Gustavo, continúe por favor.

—Por dónde puedo comenzar... la verdad no sé dónde inició todo esto, es muy extraño todo para mí.

—Bueno, comience hablándome de usted, de su vida, así poco a poco avanzamos hasta hallar el problema, ¿de acuerdo?

—De acuerdo doctor, soy un hombre soltero desde hace poco más de un año, vivo solo, y cuando salía con alguien igual vivía solo, trabajo como supervisor en una empresa de transporte, nunca he manejado demasiado estrés, soy muy calmado, incluso evito hablar más de la cuenta, y me considero alguien feliz realmente, pero desde un tiempo para acá me he comenzado a sentir extraño, tengo pesadillas casi todas las noches en las pocas horas que duermo, y siento mucha ansiedad durante el día.

Bueno señor Gustavo, no es tan grave como usted cree, cuénteme ¿se alimenta bien?

—No mucho la verdad, se me va el apetito inmediatamente veo el plato servido.

—¿Y le da sueño durante el día?

Sí, muy a menudo, siento que me duermo de pie, y cuando conduzco el automóvil camino a casa me voy quedando dormido pero una vez en casa, cuando estoy frente a la cama ya no tengo sueño y paso toda la noche pensando o escuchando la radio hasta que faltan dos horas para que amanezca, entonces duermo una hora quizá, despierto con las pesadillas y de allí voy al trabajo.

—Podría ser más físico que psicológico, yo diría que el insomnio le ha ocasionado la falta de apetito y estos dos le llevan a la ansiedad que desata la reacción neurológica de las pesadillas, me dice usted que no maneja mucho estrés, pero, ¿ha tenido algún problema emocional, algo que desatará el insomnio?

—Bueno, ahí es donde se complica todo doctor, como ya le dije evito hablar mucho en el trabajo, y allí paso casi todo mi día, así que hablo conmigo mismo, es algo tonto quizá, cuando uno habla solo y sabe ya que va responder, porque uno se conoce, pero uno de esos tantos días antes de sentirme tan jodidamente mal, estaba hablando conmigo mientras conducía el auto hacia el trabajo, eran aproximadamente las seis y quince si mal no recuerdo, entonces me pregunto «¿Cómo estás?», que es lo que me preguntaba siempre antes de comenzar cualquier conversación, y alguien responde «Acabo de dispararle en la cabeza, pero supongo que estoy bien.» me quedé frío, y llevé el coche hasta la orilla para ver quién estaba allí, quién había dicho eso, pero no había nadie, entonces revisé la radio, pero estaba apagada. Finalmente me di por vencido y continúe hacia el trabajo, cuando llegué di la ronda por los camiones para ver que todo estuviera en orden, uno de los empleados me saluda y me pregunta si puedo ayudarle en algo, y la voz responde «Ni muerto me servirías para algo». Pensé que él la había escuchado, pero parecía que no. Entonces yo le contesté que no necesitaba de su ayuda.

»Durante todo el día pensé en eso, y cuando llegué a casa me dispuse a preparar mi cena, estaba rebanando algunos tomates, y en eso escucho que la voz dice, «Podrías clavarte ese cuchillo en la pierna, ¿a ver que se siente?» me asusté y arrojé el cuchillo al suelo, finalmente no comí, y me fui a dormir. Entonces llegaron las pesadillas, hombre nunca tuve pesadillas como esas, cuando cerré los ojos vi un océano inmenso lleno de arrecifes y peces, pero yo no sabía que eran arrecifes, no sabía que eran peces, ni siquiera sabía que era yo, me sentía diminuto, entonces vi mi cuerpo y me di cuenta que era una tortuga. Una jodida tortuga verde, una tortuga verde bebé, abrí los ojos en ese momento y traté de controlarme, pero seguía sintiendo mis manos como aletas, y casi sentía las olas del mar en todo mi cuerpo, fue la peor noche de mi vida hasta ese momento, al siguiente día cuando fui a trabajar tenía miedo que alguien me viera como una tortuga gigante, pero nadie pareció notarlo, lo que si notaron fue que tenía ojeras y me veía cansado, un trabajador me preguntó «¿Cómo se siente señor Gustavo?» y antes que yo pudiera contestarle escuché que alguien contestó por mí, «Mal. Estoy que me lleva el diablo, quisiera matar a todos aquí». Pero él tampoco pareció escucharlo, así que le respondí, «Muy bien gracias por preguntar, solo estoy un poco cansado».

—¿Esa voz, se continúa presentando actualmente?

—Claro que sí doctor, pero no solo eso, lo peor es que ya no solo hay una.

—¿Cuántas, cuántas voces escucha?

—No sé con exactitud cuántas sean, pero la principal habla cada vez más; escucho otras tres que parecen vivir en comunidad, pero nunca hablan con la principal.

—¿Cuándo aparecieron esas tres voces?

—Unos meses después que apareciera la primera. Doctor,  cada vez empeora más, porque de los tres no solo tengo voz sino también una imagen, las cuatro voces son masculinas, pero a veces también escucho una mujer.

—Ya veo, cuénteme como se ven los portadores de las tres voces, ¿puede describirlos?

—Son tres ancianos enanos, parecen duendes, todos vestidos de verde, alrededor de una fogata de leños, y hablan entre ellos y miran el fuego, tienen barbas largas y blancas, y están sentados en troncos grandes debajo de unos árboles gigantes, allí arde esa fogata que nunca se apaga.

—¿Y sabe usted qué ven ellos en el fuego? ¿De qué hablan?

«Sí, no, sí… claro que sí, estoy seguro de que… quizás no, no pueden, a no ser que quieran».

—¿Escuchó eso doctor, lo escuchó hablar?

—No señor, yo no escucho nada, ¿qué le decía?

«Nada».

—Nada, solo estupideces, él habla sin sentido, pero los otros hablan con razón, en el fuego me ven a mí, siempre ven todo lo que hago, digo, pienso, pero no me dicen nada a mí, solo hablan entre ellos.

—¿Qué dicen?

—Criticas, críticas, sobre todo, el color de mis zapatos, el desodorante que uso, las cosas que pienso, las acciones que tomo, hablan entre ellos como si yo fuera un ratón de laboratorio y ellos fueran los investigadores, siguen cada uno de mis pasos, incluso creo que fueron ellos los que pusieron al otro aquí, para ver cómo reacciono a eso. Dicen: «Si se pone esa corbata, la recepcionista pensará que es un idiota, no debería continuar con eso, si está tan inconforme debería marcharse, es un cobarde, pero tiene potencial, no tiene opción está enloqueciendo, hasta cree que nos escucha, apuesto a que quiere que lo atropelle un coche, él piensa que todo esto es real, ¡pobre está perdido!».

—¿Y qué hay de la mujer, que le dice ella?

—A ella apenas y puedo escucharla a veces, es como si fuera otra persona totalmente diferente.

—¿Y las visiones, solo las tienes de ellos?

«No, claro que no, sabes que es tu culpa».

—No, la verdad es que es algo muy extraño, no me siento cómodo hablando con muchas personas, así que cuando veo a alguien en la calle memorizo su apariencia y en mi tiempo libre imagino que tengo una agradable conversación con esa persona, y a veces esas personas se quedan ahí por semanas esperando que hable con ellos, es más, a veces ni siquiera tengo que querer memorizarlos, es como si mi cerebro hiciera una copia exacta de las personas y los escenarios que me rodean y luego me enviara allí, es más, en ocasiones siento que soy otra persona, y puedo ver a través de sus ojos, e imagino toda su rutina, pero no lo controlo yo, es algo que solo pasa cuando quiere, yo no tengo el control.

—Entonces durante las visiones es otras personas o usted mismo rodeado de otras personas, ¿alguna vez habla en la realidad con las personas con las que habla en sus visiones?

—Si, en algunas ocasiones, pero no es algo común, no me siento bien haciéndolo.

—Gustavo, es evidente que todo esto está en su mente, es cuestión de control y llevar un buen tratamiento, usted es el dueño de su mente y su cuerpo.

—Eso ya lo sé doctor, no vengo a que usted me diga algo que ya sé, vengo por ayuda, estoy perdido, sabe lo terrible que se siente mirarse las palmas de las manos y no reconocerlas, y no saber si en ese momento soy yo o estoy en una ilusión, si en realidad estoy en el retrete viéndome las manos o estoy en el trabajo, o si en realidad no tengo trabajo, si en realidad voy a dormir a mi casa o esa también es una ilusión, a veces despierto seguro de que soy un hombre de color que entrena deportistas en la universidad, pero cuando miro a mi alrededor no está mi maletín de entrenador, ni mi uniforme, y esa no es mi habitación, pero voy al baño me miro en el espejo y resulta que no soy un hombre de color entrenador de deportistas, soy un supervisor de una empresa, entonces ¿Quién es el hombre que yo creí ser? ¿No existe, o soy yo quien no existe?

—Gustavo tranquilícese, claro que estoy para ayudarlo, solo estoy buscando la forma adecuada de hacerlo y para ello necesito conocer a fondo su problema.

—Doctor, ni siquiera estoy seguro de ser Gustavo, estoy perdido.

—Claro que es usted, dígame Gustavo, ¿cómo sabe usted cuando está en una ilusión?, ¿o cuándo está en la realidad?, ¿cómo sabe usted que es real, y todo lo que lo rodea?

—Mirándome las manos, generalmente eso ayuda, si no las reconozco busco la forma de reaccionar, a veces los tres ancianos hablan entre ellos y cuando los escucho hablar sobre la ilusión me doy cuenta que todo es falso.

—¿Y qué le dicen los enanos ahora, de que hablan?

—Trataré de repetir lo que dicen, aunque no será muy claro.

«Su canto es melifluo, debería llamarse gardenia, las gardenias no cantan, pero son muy bellas».

«¿Qué es una gardenia?».

«¿Que, qué es una gardenia?».

«Sí, ¿y qué es melifluo?».

«Las gardenias son eso, son gardenias y nada más, y lo melifluo es aquello que se gana ese título».

«No lo confundas, las gardenias son flores, y lo melifluo es bello al oído, es música de dioses».

«Y… a todas éstas, ¿de quién hablas?».

«De nadie, nadie que exista, pero él cree que ella existe, y se la imagina con una voz hermosa, ya sabes cómo va esto, él lo imagina, nosotros lo vemos».

«Pero sí será idiota este tipo, nunca sabe cuándo algo es real, ni siquiera sabe lo que está imaginando, debería agradecer que estemos aquí».

«Shh... parece que nos está escuchando, está repitiendo lo que decimos».

«Él cree que esto es real, deberíamos despertarlo».

«No, déjenlo que despierte solo, esto es lo más divertido que tenemos».

—Señor, señor ¡SEÑOR!… soy Cecilia, la secretaria. El doctor Federico Garmendia lo está esperando en el consultorio.

—¿Qué hora es?

—Son las cinco y cuarenta y cinco, espero disculpe la tardanza, pero el doctor atendía otro paciente, y usted no tenía cita previa, pero ya lo van a atender, ¿se siente bien? ¿Cómo está?

—Acabo de dispararle en la cabeza, pero creo que estoy bien.

—¿Perdón ,señor, qué dijo? No le escuché bien.

—Nada, ¿ya puedo entrar al consultorio?

—Pase, por favor.

En ese momento, mientras el hombre entraba al consultorio, iba saliendo un hombre de color con uniforme de deportista, a quien el doctor despidió diciendo «Hasta la próxima sesión, señor Gustavo».

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