sábado, 16 de enero de 2021

Dalia | Elí Manuel Austria Hernández

I

¿En dónde se habrá metido? He caminado por casi dos horas sin obtener respuesta. Algunos días pueden sorprenderte con la dureza de su golpe, otros, como este, se dan el lujo de no mostrarte piedad, de patearte hasta que seas tú quien la pida.

Llegué ayer por la tarde. La Villahermosa de mis recuerdos no ha cambiado mucho. Tras diez años, la casa de mi padre sigue invadida por esas hormigas que no lo dejan a uno en paz en la cocina, el día sigue ardiendo en la piel y la mirada de la gente te engulle de un bocado, te sigue hasta que doblas la esquina.

Vine porque mi madre dejó este mundo, porque no hubo oportunidad de despedirnos. Me duele el pecho al aceptar que, de no ser por su sepelio, no me habría decidido a volver. ¿Qué tipo de hija fui? Alguien que apenas se acordaba de ella, que apenas le marcaba cada que se acordaba, para conversar. Al contrario, dejé tantas llamadas perdidas sin devolver. ¿Qué tipo de hija soy? Escaparme del velorio sin avisar… ¿Y así me llamo a mí misma “madre”? No tengo nada que exigirle a Claudia, si decidiera abandonarme en mis últimos días, quizá lo tendría merecido. Ella nació hace cinco años en Guadalajara, donde vivo y trabajo.

Humberto no pudo acompañarme como siempre, pero no pudo evitar que trajera conmigo a Duquesa, la cereza sobre este pastel amargo. ¡Debí escucharlo!, de haberlo hecho, no estaría gritando por todas partes, buscando sin cesar el paradero de la perrita, lamentando una pérdida doble.

De repente, al mirar una casa a lo lejos, un recuerdo me reconforta. Despierta de su sueño profundo y me saluda. Tiene olor a pasto, es del color de los rayos del sol y su voz me remonta a mi infancia. Quizá deba tomarme un respiro, quizá deba desviar mi camino diez minutos.

—¡Buenos días! —Exclamo, con esperanza.

Tras repetir dos veces más, mi corazón dio un brinco, pues es doña Martha quien abre la puerta.

—¿Quién eres? —Dudó la señora—. Oh, ¿acaso eres Carmen?

Sonreí a modo de respuesta.

Me invitó a pasar. En medio de un café actualizamos los hechos de nuestras vidas y relaté mis pesares. Por su parte, ella enviudó y sus hijos emprendieron el vuelo; el nido se siente tan vacío. Cuando pregunté por Dalia, suspiró muy profundo.

—Es ella por quien vienes, ¿verdad?

—Es la segunda razón de mi visita —mentí—. La primera, platicar con usted.

Sé que no me creyó. En silencio, se levantó de su mecedora y moviendo su cabeza, me invitó a seguirla.

Fuimos al patio. El macuilí seguía allí, vestido de amarillo como la última vez que le vi. A sus pies, Dalia, mi dulce y fiel Dalia. Una roca mostraba el sitio donde la enterré hace veinte años. Qué curioso, no necesité llevarle flores; su tumba está cubierta de ellas. Me acerqué y me puse de rodillas. Coloqué una mano sobre la tierra y recordé los días en que corrimos juntas. Después de todo, fue mi mejor amiga. Me escuchaba a pesar de no tener voz, en medio de la tristeza me daba los mejores consejos sólo con ladrar; entonces rodeaba su cuello peludo con mis brazos. Reímos tanto, me regaló los mejores años de mi infancia. Cuando peleaba con los chicos del colegio, reposaba su cabeza sobre mi regazo para reconfortarme y sus ojitos negros me llenaban de paz.

Pero se tuvo que morir, me abandonó cuando más la necesitaba. Siempre terminaba llorando sobre este lugar. Me sentí tan sola, la comida ya no me sabía igual, las horas pasaban en silencio. Buscaba sin encontrarla, como ahora, que Duquesa se escapó de mí.

Ningún juguete fue capaz de cerrar mi herida, ningún viaje, ningún pastel ni bocadillo sorpresa. Les pedí con fervor a mis padres que no me consiguieran otro perro, sólo quería desahogar mi dolor. Tres meses después, al ver que mi situación no cambiaba, decidieron vender la casa. Como hija única lo tenía todo, pero sin Dalia me sentí nada.

Yo no me negué a partir, una parte de mí quería salir de ese laberinto interminable, volver a sonreír. Doña Martha es una conocida de mis padres, ella y su marido compraron la casa. Al saber la razón de nuestra mudanza, prometió no tocar ese pedazo de tierra. Así, terminó mi vida para dar inicio a una nueva. Sin embargo, una parte de mí se quedó vagando entre estas paredes, entre las ramas de ese macuilí que soportó tantas travesuras. Con el paso del tiempo y mi partida a la universidad, el recuerdo de Dalia se acomodó en un rincón y se desdibujó; Guadalajara fue mi segundo renacimiento.

No hallé a Duquesa. Caminé hasta cansarme, mis piernas duelen. Al llegar de vuelta, mi familia, pero sobre todo Claudia, estaban alarmados. ¿Dónde estaban su madre y su mascota? La calmé, le expliqué que después imprimiríamos volantes y los repartiríamos por el vecindario. Me disculpé con todos y continué con las labores. Sepultamos a mi madre antes de caer la noche.


II

La puerta suena con furia. Al no haber respuesta, la pateo más veces. Una luz se enciende en la casa de al lado y alguien se asoma por la ventana, no me inmuto. Debo hablar con doña Martha, lo que hizo no puede perdonarse.

—¡Atienda, maldita sea! —Grito con todas mis fuerzas.

Cuando por fin sale, la noto pálida. De inmediato me cuestiona, alterada, el motivo de mi irrupción. Abro la caja que llevo conmigo y le muestro su interior: los huesos sucios de un animal, frágiles y rotos. Sus colmillos amarillos dan un mordisco al aire, su mandíbula inferior está partida en dos mitades. Supe a quién pertenecían, pues entre los restos, hallé una medalla con su nombre, la misma que dejé con ella antes de echarle tierra encima.

—¿YA ESTÁ CONTENTA? Se atrevió a entrar a mi casa en medio de nuestro duelo y dejó esto en el pasillo. Si quería vengarse por no venir a verla a usted, ¡esto es demasiado! ¿Qué tipo de mujer enferma es?

—¡Cierra la boca, chamaca estúpida! Yo no sé de qué me hablas, ¡lárgate o llamaré a la policía!

Hace una hora bajé de mi cama para ir a la sala, necesitaba despejar mi mente. No podía conciliar el sueño de ninguna forma, ninguna posición me satisfacía. En cambio, Claudia roncaba como una tetera, qué poco le importó Duquesa. Salí de mi habitación. En medio de la caminata, mi pie izquierdo se posó sobre unas protuberancias puntiagudas; mordí mis labios para no gritar. Cuando encendí la luz, vi la sangre brotar desde mi planta, trastabillé con mi pantorrilla y caí sentada, impresionada; no por la herida, sino por lo que yacía regado por el piso. Un par de cuencas vacías me observaban fijas, una sonrisa incompleta más allá del sepulcro. Los huesos de una pata estaban extendidos como buscando mi mano. Una ola caliente subió por mi cuerpo hasta la cabeza, cuando reconocí la medalla entre el desastre. La ira rebasó mi aflicción, las lágrimas recorrieron mi rostro como un torrente.

Así, caminé hasta aquí arrastrando la pierna, no podía quedarme tranquila, sin hacer nada al respecto.

Cuando cuento lo sucedido, por alguna razón, la señora se muestra entre confusa y comprensiva. Con un gesto de su brazo, me invita a pasar. Las personas comienzan a acercarse, me increpan, me juzgan.

Me dirijo al patio en medio del bullicio, aprieto la caja. Al llegar, entre la oscuridad, logro distinguir la roca y las flores amarillas; siguen en su sitio, como si nadie las hubiese movido. Paro mis pasos en seco, suelto mis brazos. Los huesos caen con un ruido sordo y se riegan de nuevo en el pasto. Mi boca tiembla, mi corazón acelera sus latidos dentro de mí. Me abalanzo contra la tumba y jalo las hojas con mis dedos, sólo para encontrarme con el pasto verde, con la tierra ilesa. ¿Qué significa esto? Detrás de mí, doña Martha habla con más calma, pero esta vez, aferra un martillo.

—Como puedes ver, no he sido yo. Ahora, quiero que te vayas.

No puedo…

Con un movimiento rápido, tomo una pala y la clavo en la tierra. La señora casi me estrella el martillo en la cabeza. Tras unos cuantos golpes, el siguiente se topa con algo blando. Siento con claridad cuando el metal lo atraviesa y emite un sonido similar al de un globo cuando revienta. Me quedo inmóvil por unos segundos, doña Martha enciende la luz del patio.

Al bajar mi vista, noto cómo un líquido espeso brota hacia el exterior y se propaga hasta mis botas. Dejo caer la pala, está manchada de rojo. Me arrodillo y acaricio, incrédula, las orejas de Duquesa. Su estómago está abierto por mi causa, pero al indagar el resto de su cuerpo, me encuentro con heridas largas y profundas, agujeros en sus piernas y su cuello, como si hubiera sido apuñalada con un picahielos. Alguien la desgració antes de meterla en este agujero… un momento, los cortes vienen en cuatro filas, los agujeros se produjeron en pares. Un relámpago cruza mi cabeza, busco el cráneo de Dalia entre sus huesos y lo tomo con mis dedos. Lo acerco al cadáver y ubico los colmillos entre las heridas de Duquesa. Encajan.

Entonces, un recuerdo se levanta de entre los rincones de mi pasado. Me miro a mí misma de niña, durante un día soleado y recargo mi espalda al tronco del árbol. Miro a Dalia, cansada al igual que yo por correr tanto, juega con una rama entre su hocico. La felicidad es absoluta. Acaricio sus orejas y le digo lo siguiente: “Te prometo mi amor incondicional, no amaré a ninguna mascota más que a ti. Te entrego mi amistad completa, mis pies para caminar a tu lado, compartiré contigo mis risas. Esta lealtad nos unirá más allá de cualquier muro que se cruce en nuestro camino”. Para sellar el pacto, levanto su pata y uno sus almohadillas con la palma de mi mano.

¿Cómo saber que yo misma lo quebranté? Durante años se mantuvo intacto, pero lo olvidé al igual que el viento se lleva las hojas a la nada. Conocí a Duquesa, le entregué mi cariño y también mi amistad. Pido perdón a mi primera amiga. Entiendo que esté molesta, pues al final, no supe ser fiel a mi palabra. Esperó en la oscuridad tanto tiempo por mi regreso, sólo para encontrarse con alguien suplantando el sitio que le pertenece a perpetuidad.

La venganza fue suya, pero fue más un recordatorio para mí. Tormento con tormento se paga, ¿no?, porque Duquesa ya tampoco existe. Dalia la llevó al sitio donde pensaba debía estar, mientras ella emergió para encontrarme, para extender su pata hacia mí.

Abrazo a Duquesa y acaricio los restos de Dalia, mancho mis ropas con sangre y tierra. Cierro mis ojos y me dejo llevar por la fragancia de las flores.

Las sirenas de las patrullas se oyen cada vez más cerca. Este es el verdadero adiós.

Clic en esta imagen para más escritos por el autor en la página.

Estudió Ingeniería Química en el Instituto Tecnológico de Villahermosa (ITVH). Labora como profesor de matemáticas a nivel Secundaria, así como en el área de Ingeniería Petrolera del ITVH. 

Se graduó del Diplomado de Creación Literaria en la Escuela de Escritores “José Gorostiza” en 2018, así como del diplomado Literatura Mexicana del Siglo XX, impartida por el INBA. 

Otra muestra de su experiencia literaria, se encuentra en el siguiente enlace a la versión PDF de su primer hijo literario: Relatos en claroscuro y de tinieblas.

http://culturatabasco.gob.mx/wp/wp-content/uploads/2020/03/Relatosenclaroscuroytinieblas-1.pdf?fbclid=IwAR0l4JVUoyUxKFzYQ7DTzHdVffCz9WHvqpeRD-cKLxsVm4rwBrGPr1rFEPM.

2 comentarios

© Literatinos
Maira Gall