miércoles, 13 de enero de 2021

El jinete sin cabeza | Editorial Televisa

El jinete sin cabeza recorre los caminos solitarios, asesinando a todos los que encuentra a su paso...

Así acabó el cuento mi amiga Lila y, la verdad, a mí no me dio miedo. Tengo nueve años y no creo en esas historias, pero ella me miró y me dijo:

—Harías bien en creerlo, Piky, porque mucha gente lo ha visto, y a veces aparece gente muerta con una gran herida en el cuello.

A Lila siempre le han gustado esas horribles historias y, para convencerla de que no eran ciertas, le propuse que fuéramos en la tarde a un bosque cercano, aprovechando que sus papás le habían dado permiso de pasar el fin de semana conmigo.

—¡Al bosque! ¡Claro que no! —dijo ella.

—Lila, lo que quiero es que veas que no hay ningún jinete sin cabeza en ningún bosque del mundo.

No sé cómo la convencí de que fuéramos. Creo que, en el fondo, ella quería comprobar por sí misma que la historia del cruel jinete descabezado no era cierta. En la tarde, le pedimos permiso a mi mamá y ella nos dejó ir, con la condición de que no nos alejáramos demasiado. Nos pusimos en camino. Íbamos por un camino que hay en medio del bosque, cuando de pronto se hizo unn silencio extraño.

Lila se detuvo.

—Piky —susurró—, ¿oíste eso?

—¿Qué? —pregunté—. ¡No se oye nada, Lila!

—Exacto. Todos los pájaros se quedaron callados, y eso no es bueno. Es señal de que hay algo malo aquí y ellos no cantan para que no los descubran.

—Amigui, estás loca —comenté.

—¡Sht! —advirtió ella y me agarró un brazo con a otra mano. Entonces lo oí. A lo lejos, se escuchaba el galope de un caballo. Pero ya la gente no anda a caballo por aquí. Miré a Lila. Se había puesto pálida.

—¡Corre! —me dijo, jalándome.

Huimos a toda velocidad. De pronto, no escuchamos nada. Me detuve para decírselo a Lila, pero ella se había detenido y estaba muy quieta, mirando algo a mi espalda. Sus ojos eran redondos como platos y señaló hacia delante. Me di la vuelta. Ahí, frente a nosotras, había un inmenso caballo negro, con los ojos muy rojos, que bufaba y pateaba el suelo. Y subido sobre él, vestido también de negro, con una gran capa... había un hombre al que le faltaba la cabeza. Nos quedamos paralizadas. El... cuerpo aquel abrió la capa y nos mostró una horrible cabeza llena de sangre. La cabeza abrió los ojos mientras su dueño sacaba una larga y filosa espada. Corrimos por senderos en los que el caballo no podía pasar. Entramos a la casa, subimos las escaleras como rayos y nos encerramos en mi cuarto. Lila sólo me miró y yo le dije:

—Nunca, jamás volveré a dudar de la existencia del jinete sin cabeza.

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