martes, 26 de enero de 2021

La mejor salida | Chris Medina G.

Recibí un mensaje de Ophelia. Se había quedado encerrada en su casa y había perdido sus llaves hace unas horas, era una despistada. Por suerte me concedió un juego, así que sus esperanzas recaían en mí una vez más.

Estaba anocheciendo, pero no me quedaba tan lejos. De camino me topé con una calle solitaria, solo había un chavito parado enfrente de una casa de manera hipnótica, no me importaba conocer su historia ni encontrarme con gente extraña, así que di la vuelta y continué por la calle de al lado. Es extraño, ya no hay nadie, ni un alma de gato, pero aun así percibo alguna seguridad venidera de mi seno de esperanzas que me calma. Antes de llegar a la calle en donde se encontraba la casa de Oph, el chico de antes salió corriendo enfrente de mí, ¡tremenda taquicardia me donó aquel demonio!

¿Aves? Extraño, parecían cuervos, no sé, solo los había visto en películas. Llegué a la casa de mi amiga justo cuando el cielo chasqueó para darme el aviso de una inminente tormenta. Abrí la puerta principal mientras unas gotas prematuras caían sobre mi cabeza, crucé el patio central que estaba rodeado de un pequeño jardín y noté que estaba emparejada la puerta de la casa. Con cierto desconcierto y un dejo de temor entré al hogar con los oídos atiborrados del sonido de una lluvia legendaria.

—¿Oph? —pregunté mientras cerré la puerta. Intenté protocolariamente encender las luces pero fue imposible, no había electricidad. Algo extraño sucedía.

Alguien corrió por la sala principal, pero mi confusión me hizo creer que solo fue una visión periférica de esas que no tienen mucha importancia. Caminé con cautela hacia aquella dirección para encontrar una gran cantidad de nada obscura.

De pronto, entre el sonido abrumador de las gotas y los relámpagos, se coló un pequeño esbozo de voz femenina que acudía a mis tímpanos con dirección del baño de arriba. Subí las escaleras y escuché la voz de mi amiga, tarareando una especie de canción infantil que la verdad no identifiqué. El vapor la delató, se estaba bañando. Me acerqué a la puerta.

—Oph, ¿qué hay? Oye, te dejaré la llave en la mesa, ¿está bien? Te esperaría, pero tengo mucho trabajo. Tomaré un paraguas, espero que no te moleste. Te quiero. —Ophelia solo respondió con una expresión melódica que afirmaba mis palabras. No me dirigió una palabra, pero me hizo saber que estaba de acuerdo. Bajé las escaleras, mis ojos volvieron a notar la misma sombra en la sala aunque era inútil tomarle importancia y tiempo. Partí a mi hogar, no sin mojarme los zapatos; dejé la sombrilla en el piso mientras mi celular notificaba de algún mensaje recién recibido.

«Oye, gracias por la llave. no sé a k hora viniste pero encontré la mia antes y salí por pan, apenas llegue a mi casa. Menuda lluvia eh??? Me voy a tener que bañar. Jaja besos y gracias».

Ése fue el último mensaje que recibí de Ophelia antes de que desapareciera. Hoy llevo seis años buscándola con una responsabilidad que no me permite reblar, pero aun así creo que nunca entenderé qué fue lo que sucedió.

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