miércoles, 27 de enero de 2021

La vieja máquina de escribir | Pilar Obón

La descubrió papá, una vez que estaba arreglando el clóset de los tiliches. Tenía todavía un pedazo de papel amarillento en su carro, o sea, en el rodillo donde se meten las hojas para escribir. Papá lo sacó con cuidado y leyó en él unas borrosas palabras: «Temo por mi vida». ¿Quién las había escrito? Bueno, seguramente el dueño de la máquina. Cuando nosotros llegamos a vivir a esa antigua casa, nos dijeron que el dueño, un escritor, había muerto hace muchísimos años y la casa había estado deshabitada hasta que nosotros la compramos a una firma de abogados.

Esa tarde, papá y yo limpiamos la máquina, la aceitamos, y hasta fuimos a una pape que tiene de todo y le conseguimos una cinta para escribir. La probamos llegando a casa y vimos que la máquina escribía perfectamente. Colocamos la máquina en el estudio de papá. Los dos estábamos orgullosos de haberla arreglado. Esa noche hizo mucho viento. Tan fuerte que algunas ventanas se abrieron, incluso papá y yo tuvimos que levantarnos para cerrarlas. Hacía mucho frío y eso que estábamos a comienzos de verano. Yo estaba quedándome dormido, cuando escuché que alguien escribía en la vieja máquina. Las teclas resonaban en el  silencio de la noche y, de cuando en cuando, se oía una campanita, uno como "ting" que hacía la máquina cuando llegaba la final de la línea, después se dejaba escuchar un chasquido, que era el de la palanquita que había que mover para saltar el renglón y regresar el carro al principio de la siguiente línea. Me levanté pensando que era papá el que escribía. Encendí la luz y me quedé frío. Ahí, sobre el escritorio, las teclas de la máquina se movían como si alguien invisible las estuviese oprimiendo. Un miedo terrible me recorría el cuerpo.

De pronto, sentí una mano en el hombro y pegué un grito espantoso.

—¡Tranquilo, Rafa! —dijo papá. Él había venido al estudio porque la oyó y pensó que era yo quien la estaba usando.

Los dos nos quedamos mirando la máquina. De pronto, ésta se detuvo. Papá corrió a su escritorio, abrió un cajón, sacó una hoja y la insertó en el carro.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Si alguien está escribiendo en esta máquina, quiero saber que dice —explicó papá.

De inmediato, la vieja máquina de escribir comenzó a escribir sola otra vez. Dedos fantasmales teclearon el siguiente mensaje: «Me mataron por el oro, pero no pudieron encontrarlo. Necesito que lo saquen de donde está, porque sólo así mi alma estará en paz».

—¡Es el dueño de la máquina! —dijo papá, emocionado—. Dinos —siguió, alzando la voz—. ¿Dónde está el oro?

La máquina volvió a teclear: «Debajo de la máquina».

—Pero la máquina está en el escritorio pa' —le dije—. Ahí no puede estar el oro.

—No habla de donde está la máquina ahora, sino de donde estaba antes, hijo.

Encontramos un cofre lleno de monedas de oro excavando bajo el clóset de tiliches. Buscamos a la familia del antiguo dueño, pero nadie quedaba ya, así que usamos parte de ese dinero para ayudar a los pobres y otra para arreglar la vieja casa. Pusimos la máquina bajo una caja de cristal, en el estudio, con una hoja en blanco insertada en el carro. Un día encontramos la siguiente palabra escrita: «Gracias».

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Escritora profesional, con más de treinta años de trayectoria. Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social por la UAM, cuenta con un diplomado en literatura infantil por el Institute of Children's Literature, de Connecticut. Ha escrito para casi todos los medios (radio, cine, historieta, televisión, revistas), para público de todas las edades. Cuenta con más de dos mil artículos escritos a la fecha, con temas como psicología y autoayuda, sexualidad, salud, relaciones de pareja, relaciones familiares, relaciones sociales, astrología, esoterismo, metafísica y tests, entre otros. Realiza traducciones literarias para Random House Mondadori, en inglés, francés, italiano y portugués. Es la traductora de Paulo Coelho para Latinoamérica. Ha publicado cerca de cien libros de divulgación, por ejemplo, El mágico universo de la santería, (Ediciones B). En 2009 obtuvo una mención honorífica por originalidad en La pantalla de cristal, con una campaña de educación financiera para Compartamos Banco. Escribió libretos para el programa Lo que callamos las mujeres, y A cada quién su santo, de Televisión Azteca.

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