jueves, 14 de enero de 2021

Odaxelgania | Abigail Romero Pérez

En el surco que había dejado una mala colocación de una pared de tablaroca, y sobre la cual, se colocó un librero, vivía él. De apenas siete centímetros, su aspecto parecía repugnante, su sola presencia abyecta. Poseía un intenso color carmín y un cuerpo antropomorfo bastante deformado por una barriga que sobresalía de su cuerpo escuálido y extremidades cortas. Aunado a eso, su condición inhumana no permitía percibir en él la edad que poseía. Bien podrían ser pocos años o quizás décadas o siglos.

Su vestimenta no podía ser menos desagradable. Se cubría con unos pantalones diminutos, pertenecientes a un muñeco, y un retazo de tela de cortina bastante roída que fungía como camisa y dejaba expuesta su piel percudida y abultada del abdomen.

La casa en la cual aquel ser habitaba pertenecía —recientemente— a Julián y Marissa, que tras una búsqueda de departamentos que los beneficiara por igual, se encontraron con esa pálida casita que, aunque maltratada y un poco vieja, no rebasaba el presupuesto. Excelente para una pareja enamorada que tendría su primer hogar juntos.

Desde el día que llegaron a la casa se instalaron en la habitación más grande, a pesar de poseer más defectos, que, a su parecer, podían disimularse con un poco de pintura y decoración. Por dos días se dedicaron a llenar las paredes de cuadros y fotografías, cada una de las estancias se llenó de muebles para dar color a esa bella casita que esperaban fuese su hogar por varios años.

Al tercer día, cuando todo quedó en su lugar y la casa quedó completamente ventilada, ellos llegaron. Sobre su cama, con sabanas limpias, colocaron una pila de almohadas. Sin dejar perder la oportunidad, apenas llegó la noche, ambos desearon ir a acostarse. Era la primera noche en su nuevo hogar y como una nueva familia.

El olor dulce de las sábanas despertó la curiosidad del hombrecillo, quien había estado observando de momentos, a aquella pareja que día a día había metido muebles en cada cuarto, que había puesto obstáculos sobre la entrada a la pared donde él se ocultaba, facilitando su escondite, y que, sin duda, ambos despertaban la curiosidad en él.

Sin duda era interesante en comparación con los habitantes anteriores; una familia con un niño pequeño de dos años, a quien le gustaba molestar mordiéndole los pies para luego correr a su escondite. Los padres se apresuraban a presenciar cómo el pequeño lloraba asustado, señalando la pared. ¡Moría de risa!, los señores no veían nada. Sin embargo, ya se estaba cansando de eso.

En cambio, esta pareja era diferente. Al acostarse, se amaban, se deseaban. Sus besos y sus caricias llenaban la cama. Fue la primera noche que el pequeño hombrecito los observó. Y no pudo quitarles la vista ni un momento.

Durante una semana se dedicó solo a verlos. Atento a presenciar los cuerpos que se unían y se separaban violenta y tiernamente. Así, todos los días, él apresuraba a robar las migajas de la comida más deliciosa que encontrara en la cocina, procuraba estar listo en el momento que los escuchaba entrar a la habitación e instalarse entre dos libros gruesos que le permitían observar todo lo que deseara sin ser siquiera visto.

El dulce olor que emitía la habitación provenía de Marissa, a quien moría por tener cerca y molestar como lo hacía con el pequeño bebé. Noche tras noche lo intentaba, avanzaba más y más para esconderse entre la base de la cama o por atrás del buró. Trepaba las sábanas y ante los brazos de Julián, que rodeaban a la mujer, la criatura olfateaba sus cabellos y sus cuerpos, se estiraba, bajaba y lentamente lamía las manos de Marissa que se aferraba entre sueños a Julián. El hombrecito lo disfrutaba, sonreía, y bailoteaba, mordía rápidamente y de un salto regresaba saciado a dormir en el hueco de la pared.

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