viernes, 15 de enero de 2021

¡Sálvame! | Pilar Obón

Estaba en un largo pasillo oscuro y llevaba una vela encendida. Tenía miedo de cruzarlo, así que avancé despacio. De pronto, escuché que un niño se reía. Era una risa rara, un poco macabra. En eso, una racha de viento helado apagó mi vela y, en la oscuridad, brilló una cara que no tenía cuerpo.

Era un niño muy pálido y delgado, con grandes ojeras. El niño abrió la boca y gritó:

—¡Sálvame! —Desperté en ese momento, muy asustado. Había sido una pesadilla. Estaba en mi cama, a salvo. Al cabo de algunos minutos, me volví a dormir. A la mañana siguiente, mientras me estaba vistiendo para ir a la escuela, mi computadora se prendió sola. Y entonces, en el monitor, apareció, sobre la pantalla negra, una sola palabra: ¡Sálvame! Apagué la compu con el corazón latiéndome a mil. No entendía qué estaba pasando.

Ese día llegué a la escuela más temprano y mi salón estaba vacío cuando entré. Entonces, miré al pizarrón y pude ver, claramente, que ahí se escribía sola la maldita palabra: ¡Sálvame! Pero eso no fue todo. Durante toda la mañana, cada vez que abría un cuaderno, veía escrita la misma palabra: ¡Sálvame! ¡Sálvame! ¡Sálvame!

A la salida, ya estaba totalmente nervioso, así que decidí darme una vuelta por el parque antes de llegar a casa, para calmarme un poco. ¿Qué estaba pasando? Estaba recibiendo un mensaje, pero... ¿de quién? Cuando llegué al parque, me encaminé hacia la zona de los columpios, pero todos estaban enredados, no se podían usar. Todos menos uno. Pero en él se mecía, lentamente, un niño. Me acerqué a él. Ahora sé que no debí haberlo hecho. Debí haber huido cuando me di cuenta de que tenía la misma cara que había soñado en mi pesadilla la noche anterior.

—No estoy muerto —dijo, como si hubiera leído mi pensamiento—. Estoy maldito. Me condenaron a quedarme aquí, porque siempre me portaba muy mal. Llevo mucho tiempo aquí. Nadie puede verme, sólo tú.

—¿Y por qué yo? —le pregunté.

—Porque tú también te llamas Rodolfo.

—¿Tú me enviaste mensajes? —quise saber.

—Sí. Por favor... ¡sálvame!

—¿Pero qué puedo hacer? —pregunté.

—Sólo ven y siéntate aquí en el columpio. Yo te meceré. Verán que tengo un amigo, que no soy tan malo, y me dejarán ir.

Así lo hice. Rodolfo se levantó del columpio y yo me senté en su lugar, ¡pero me quedé como pegado en el asiento metálico! ¡No me podía levantar!

—¡Rodolfo! ¡Estoy pegado al columpio!

—Y ahí te quedarás —me dijo—. Yo tomaré tu lugar, me convertiré en ti y tú te convertirás en mí, y pasará mucho tiempo antes de que alguien venga a salvarte. Es la única forma de escapar a esa maldición.

—¡Oye, no! ¡Regresa! —grité, al ver que tomaba mi mochila y se disponía a irse.

Él volteó. Y entonces me di cuenta de que se había convertido en mí. Luego miré mis manos. Estaban flacas y tenía la piel muy pálida. Toqué mi cara. Estaba en los huesos. ¡Me había convertido en él!

—Adiós, Rodolfo —me dijo—. Gracias por salvarme.

Se alejó riéndose. Era la misma risa macabra que yo había escuchado en mi pesadilla. Pero eso fue hace mucho tiempo, cuando yo era un niño normal, antes de que cambiara mi lugar, y mi vida con alguien.

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Escritora profesional, con más de treinta años de trayectoria. Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social por la UAM, cuenta con un diplomado en literatura infantil por el Institute of Children's Literature, de Connecticut. Ha escrito para casi todos los medios (radio, cine, historieta, televisión, revistas), para público de todas las edades. Cuenta con más de dos mil artículos escritos a la fecha, con temas como psicología y autoayuda, sexualidad, salud, relaciones de pareja, relaciones familiares, relaciones sociales, astrología, esoterismo, metafísica y tests, entre otros. Realiza traducciones literarias para Random House Mondadori, en inglés, francés, italiano y portugués. Es la traductora de Paulo Coelho para Latinoamérica. Ha publicado cerca de cien libros de divulgación, por ejemplo, El mágico universo de la santería, (Ediciones B). En 2009 obtuvo una mención honorífica por originalidad en La pantalla de cristal, con una campaña de educación financiera para Compartamos Banco. Escribió libretos para el programa Lo que callamos las mujeres, y A cada quién su santo, de Televisión Azteca.

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