martes, 26 de enero de 2021

Yo no hubiera podido sola | Víctor M. Campos

Aún no estás listo, pero la cocina ya huele rico. Mamá Nigeria lo sabía. Debí escuchar a mi vieja sabia. Siempre lo supo. Pero me tardé, ¿sabes? Me tardé. Contigo, desde aquella primera vez en que te vio con el rabo entre las patas y el ramo de flores, me lo advirtió: que no me convenías, que yo no merecía eso; que después de la primera, siempre hay segundas y terceras veces. El olor de las flores es pa' ocultar el olor a podrido, me dijo.

Por eso ahora escogí rosas: igual que tú aquella vez. El karité fue idea de mamá Nigeria. Por eso y por su aroma ahumado y sus propiedades mágicas. Hidrata, cura, te acaricia cuando hundes las manos entre sus granos. Es único en su especie: igualito que tú. Ahora estarás en mis sonrisas que servirán para atraer a otros. Ahora sí con provecho y no como antes que me acusabas a lo puro menso. ¿Te acuerdas?

Primero, me tengo que deshacer de la piel. Ya antes lo hice al aguantar las quemaduras de cigarro. Tenía que hacerlo si no quería volverme loca de dolor. Pelar, quitar la carne y separarla de la manteca, dejar los puros huesos. Los perros que se arremolinan alrededor de las bolsas de basura también sonreirán esta noche. Estarás en sus sonrisas. Una bolsa para cada cosa. Nunca antes me había puesto a pensar en la importante que es separar la basura.

La pura manteca es lo que necesito: el agua ya está caliente así que es momento de fundirla a baño María. ¿Sabes por qué se llama así el baño María? Fue otra bruja quien lo inventó. Estoy segura de que te hubiera encantado encajarle tus cigarros prendidos también a ella. Lástima. La manteca se está fundiendo así que ahora hay que agregar el aceite de oliva y unos pétalos de rosa que me darán el color de la sangre que ya llegó al río.

No te hace gracia, ¿verdad? No. Te ves gris y todavía hueles raro, pero pronto vas a quedar bien perfumado. Yo te lo dije. Te lo pedí. Te rogué. Yo te quería, pero a ti no sé qué demonio se te metió. Tuve que confesarle todo a mamá Nigeria, pero ella ya lo sabía. Me escuchó y me dio la solución. Sí, me enseñó a solucionar mis problemas. Esta es una verdadera solución, ¿no? Ya sé: no entendiste el chiste. Te lo dije muchas veces. Yo te lo pedí. Te rogué.

Luego de lo de los cigarros, no me quedó de otra. Fue esa noche cuando después de todo tu circo te quedaste bien dormidote. Prendí una veladora y hablé con ella: ora es cuando, me dijo, aprovecha. Así empezó todo. Entre mamá Nigeria y yo te cargamos y te pusimos en la cajuela. Los borrachos pesan tanto como los muertos. De no haber sido por ella, yo no hubiera podido sola. Esa noche pesabas tanto como si ya supieras en qué acabaría todo.

Te llevé al monte y ahí mero sucedió. Ya por partes fue más fácil traerte de vuelta. Recuerdo que algunos perros aullaban, pero mamá Nigeria dijo que no me preocupara. Los perros lo saben todo, pero todo se lo tragan. Creo que tenía razón. De los pellejos no quedó ni rastro. Estoy segura que con los huesos también se van a poner contentos. Esa noche yo estaba triste. Eché a perder, sin querer, una de mis faldas favoritas.

Pero no le hace. Ya todo se solucionó. Con lo que saque de los bálsamos compraré muchas faldas bonitas. Ahora déjame apagar la estufa e ir preparando los frascos. Ahí pondré la mezcla para que se enfríe. Qué mala suerte que no puedas oler este aroma tan rico. Mientras se enfría, con toda la manteca que sobró, haré unas veladoras para mamá Nigeria. De no haber sido por ella, yo no hubiera podido sola.

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Licenciado en Docencia del Arte, por la UAQ, y con un pie en la maestría. Cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro: La Diablera y otros cuentos (2005) y Los Cuentos del Arcángel (2006); y por algunas revistas electrónicas. Desde 2009 imparte talleres de escritura en el Museo de la Ciudad y es parte del Colectivo Punto Ciego que desarrolla proyectos de investigación a apropósito de la discapacidad, la educación y el arte.

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