jueves, 18 de febrero de 2021

El juego del muñeco de trapo | Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

«¿Sabés qué es lo malo del juego del muñeco de trapo?», dijo el niño desde la rama de un cupesí en el centro del parque. «Que es muy rápido», arriesgó el padre «…y que con más de dos jugadores en la pantalla ya es pura confusión»; se metió un poco de helado a la boca, apretó los ojos y arrugó la nariz. «¿Qué pasa, papi?». «No me gusta el sabor de la cucharilla de palo». Después de oír esta respuesta el niño se hizo la burla, cerrando a medias los ojos y haciendo saltar sus hombros —se había metido helado a la boca y no podía reír—. «A mí no me da asco, como a vos», dijo, mientras mecía un poco sus piernas, suspendidas en el aire.

El padre se permitió contemplarlo sobre ese fondo de hojas perforadas de atardecer, una sonrisa creció muy lento en su rostro, mientras que el niño raspaba su helado con la palita de madera. «Pero…, papi… No es eso lo que me molesta del juego. O sea, a mí me gusta harto, pero quisiera que al muñeco se le pudiera poner disfraces de animales desde el principio. No que tenés que pasar un montón de niveles para que te den los mejores trajes».

sábado, 6 de febrero de 2021

Reseña: Todos los caminos llevan a casa (2002) | Alejandro Silver

Película altamente recomendable.

Cuando la mamá del pequeño Sang-woo se queda sin empleo tras fracasar en su aventura empresarial en Seúl, tiene que dejarlo al cuidado de la abuela del chico, mientras se va a buscar un nuevo trabajo en la ciudad. Se va disculpándose con la promesa de volver pronto por el niño.

La abuela lleva sus 78 años de silencio, ya que es muda, pero no sorda y lleva una vida sencilla en las montañas de Corea, que es donde se desarrolla esta historia. Sang-woo es un niño de ciudad, tiene siete años y está acostumbrado a estar solo y perdido en los videojuegos, así que rápidamente entra en conflicto con la abuela.

jueves, 4 de febrero de 2021

Carta para un «yo» | Consuelo

¿Cómo encabezo yo esto?

Te escribo: ¿«Muy señora mía»? ¿«Estimada fulanita de tal»?…

Voy a contarte una historia, —una de romanos que diría Sabina—.

A ratos me contentas, a ratos te odio. A ratos, debo sentirme agradecida; a ratos, todo me sobra. De salto en salto, de fecha en fecha, no está mal el resultado en según qué parcelas. Has pasado por alto zanjas llenas de lodo; te has lavado la mugre hasta volver a caer en ella, pero ¡eso sí! de cada «rebozamiento» sales reforzada.

Tienes un especial talento para darle vuelta a las cosas; quizás no seas todo lo fuerte que deberías, pero no te recuperas mal de los bofetones recibidos a trasmano.

Diluida en el tiempo ha quedado la niña bonita y buena que fuiste un día, aunque a veces empuja tanto que, algo de esa esencia sale a flote. Y como nunca hay dos sin tres, ni cuatro, ni cinco… vas de bote en bote, arrastrada a ratos, inmune en otras ocasiones. Has logrado vencer el miedo al engaño. La mentira funciona en ti como un freno que absorbe y resta energía. Ahora no, ahora sabes que cuando alguien trata de «colártela» se está perjudicando así; aquí ya no hay tiempo para nada que no sea vivir.

lunes, 1 de febrero de 2021

Carta a Amada Amanda | Carlos Cavero

Amada Amanda:

Sé que la mayor parte de todo esto no tendrá ningún sentido. Es por eso que la carta va destinada a una persona como tú, que ya está muerta hace muchos años. Finalmente, es un reproche, y los reproches no tienen por qué ser comprendidos por nadie.

Tú nos dejaste porque no soportabas más el hastío de una vida que dolía como un incendio dentro y fuera de tu cuerpo. Tantas veces luchamos contra él uniéndonos en sexo, en marihuana, en cantar muy fuerte las canciones más duras del death metal. Por su parte, tus padres pelearon muy duro al invertir todo su dinero en doctores, terapias, medicamentos, viajes. Mamá —así me pidió ella que la llamase, al saberme huérfano— renunció incluso a su trabajo para dedicarse a ti las veinticuatro horas. No te faltó nunca el dinero, la admiración de tus semejantes ni el amor de tus padres. Aun así, yo comprendo que no hayas resistido y prefirieras terminar con todo. Lo hiciste delante de mí, acaso para dejar testimonio de la única persona que alguna vez comprendió tu dolor, te llenaste de pastillas, y aprovechaste que yo andaba demasiado obnubilado como para detenerte. La tuya fue una muerte rápida, no como la que suele llevarse a otros: tu cerebro solo necesitaba un último golpe, y eso fue lo que le diste.

© Literatinos
Maira Gall