lunes, 1 de febrero de 2021

Carta a Amada Amanda | Carlos Cavero

Amada Amanda:

Sé que la mayor parte de todo esto no tendrá ningún sentido. Es por eso que la carta va destinada a una persona como tú, que ya está muerta hace muchos años. Finalmente, es un reproche, y los reproches no tienen por qué ser comprendidos por nadie.

Tú nos dejaste porque no soportabas más el hastío de una vida que dolía como un incendio dentro y fuera de tu cuerpo. Tantas veces luchamos contra él uniéndonos en sexo, en marihuana, en cantar muy fuerte las canciones más duras del death metal. Por su parte, tus padres pelearon muy duro al invertir todo su dinero en doctores, terapias, medicamentos, viajes. Mamá —así me pidió ella que la llamase, al saberme huérfano— renunció incluso a su trabajo para dedicarse a ti las veinticuatro horas. No te faltó nunca el dinero, la admiración de tus semejantes ni el amor de tus padres. Aun así, yo comprendo que no hayas resistido y prefirieras terminar con todo. Lo hiciste delante de mí, acaso para dejar testimonio de la única persona que alguna vez comprendió tu dolor, te llenaste de pastillas, y aprovechaste que yo andaba demasiado obnubilado como para detenerte. La tuya fue una muerte rápida, no como la que suele llevarse a otros: tu cerebro solo necesitaba un último golpe, y eso fue lo que le diste.

Ya no soy un muchachito de diecisiete años. La vida siguió avanzando, muy a mi pesar, y consiguió volverme el aburrido profesor de una facultad de humanidades. Se fue apagando el entusiasmo del dinero —que nunca fue mucho, pero sí me permitió vivir “cómodamente”: casarme, tener dos hijos, comprar un auto, viajar una vez al año con la familia”—. El dolor, amada Amanda, nunca se fue, y hoy puedo ver en las puntas de mis dedos que fuiste tú quien lo inoculó en mí ese día. Son rayos violetas y rojos que no me dejan dormir cuando lo intento. Ni siquiera esperaste la noche, tuviste que mostrarte muriendo ante mí cuando la luz por la ventana te mostraba entera, jamás te importó el daño que pudiera causarme el ser testigo de tu muerte. El resto no lo sabes, nunca lo sabrás, pues estoy seguro de que nunca pensaste en los problemas que pudiste haberme causado. Qué demonios iba yo a saber cómo reaccionar ante un cadáver. Habíamos hecho el amor muchas veces ese día. Para colmo de males, la noche anterior te habías cortado el pecho y los muslos. Y yo, cargando tu cadáver a través de la sala, sin atinar a dónde llevarlo, sin dinero para un taxi, pensando en qué decir a tu madre. Tan nublada tenía la mente que olvidé el número de tu madre. Por aquellas épocas aún no existían los celulares. Yo era apenas un escolar, amada Amanda, y recién hoy tengo el valor de decirte que tú no tenías el derecho de hacerme eso. Acepto que ya no quisieras vivir, tal como yo no deseo vivir hoy, pero si yo hubiese estado en tu lugar, jamás te habría puesto en semejante aprieto. Si, fue infernal, así como el fuego que te consumía las veinticuatro horas por fuera y por dentro, el tener que sentarme con dos policías a explicar una y otra vez lo que había pasado. Por un momento pensé que terminaría en la cárcel, y me pregunto cuántos acabarán así, seguramente jovencitos pobres y sin defensa. Tal vez no fue solo mi inocencia lo que me salvó, sino el privilegio de pertenecer a la clase media.

Hoy, tras todos estos años, lamento tener que reprochártelo, pero me alivia el saber que nunca leerás esto. No he hecho sino caer mal parado —a veces de cabeza— de un año a otro desde que te fuiste, y veo en las alegrías de mis hijos tu rostro muerto, tus ojos que intenté abrir para solo verlos inertes, secos, ya idos para siempre. Me toca irme esta tarde, y quisiera saber qué tomaste exactamente para lograr una muerte tan rápida, pero no lo sé. Me tocará entonces probar: he venido acumulando pastillas y tengo fe en que bastarán para sacarme de aquí.

Esto es un reproche y lo lamento. Tenía que hacerlo. Te repito que me alivia el hecho de que nunca lo leerás.

Y así como tus seres queridos supieron, con el tiempo, aceptar tu partida, espero de todo corazón que los míos también lo hagan. Nunca terminó de cerrar tu herida.

Te sigo amando,

Alejandro.

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Nació en Lima, Perú, en 1978. Ha tenido que dominar el arte de los malabares para distribuir el tiempo entre su hija, el trabajo no literario y las motocicletas. Ha publicado Capturas de escafandra con el único fin de que su hija sepa quién fue su padre cuando él ya no esté. Como ella ya lo sabe, lo más probable es que no vuelva a publicar nunca más.

Facebook Carlos Cavero Instagram @carloszzcavero.

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