jueves, 18 de febrero de 2021

El juego del muñeco de trapo | Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

«¿Sabés qué es lo malo del juego del muñeco de trapo?», dijo el niño desde la rama de un cupesí en el centro del parque. «Que es muy rápido», arriesgó el padre «…y que con más de dos jugadores en la pantalla ya es pura confusión»; se metió un poco de helado a la boca, apretó los ojos y arrugó la nariz. «¿Qué pasa, papi?». «No me gusta el sabor de la cucharilla de palo». Después de oír esta respuesta el niño se hizo la burla, cerrando a medias los ojos y haciendo saltar sus hombros —se había metido helado a la boca y no podía reír—. «A mí no me da asco, como a vos», dijo, mientras mecía un poco sus piernas, suspendidas en el aire.

El padre se permitió contemplarlo sobre ese fondo de hojas perforadas de atardecer, una sonrisa creció muy lento en su rostro, mientras que el niño raspaba su helado con la palita de madera. «Pero…, papi… No es eso lo que me molesta del juego. O sea, a mí me gusta harto, pero quisiera que al muñeco se le pudiera poner disfraces de animales desde el principio. No que tenés que pasar un montón de niveles para que te den los mejores trajes».

El padre se quedó pensando con los ojos cerrados —la tibia luz a esa hora y los diversos silbidos de las aves ejercían un efecto tranquilizador sobre su mente—. Cuando los volvió a abrir pudo notar que una mujer estaba atravesando el parque por el circuito para ciclistas —ella no iba a tardar en pasar cerca del árbol—. «¿Sabés qué podemos hacer?», dijo el padre. El niño arqueó las cejas sin dejar de raspar la masa helada en su vasito. La mujer se seguía acercando y el padre se apresuró a decir: «Esos juegos de Play tienen trucos, hijo. Voy a buscar los códigos en internet. Vas a tener los disfraces que querás, ¡desde el principio!». Terminó de hablar y se metió helado a la boca.

El niño abrió grande los ojos. «¿En serio, papi?». El padre asintió, triunfante, sin conseguir tragar lo que se había metido. «¡Yupi!», gritó el niño y sostuvo la palita entre los dientes para hacer un baile con las manos. Al verlo así, el padre recordó lo que era el mundo cuando solo existían el helado, un videojuego y un parque —con árboles, claro—; en suma, el mundo de su niñez, en las vacaciones de 1990.

Se metió tan a fondo en las emociones suscitadas por sus recuerdos que se olvidó de la mujer por un momento; cuando volvió a buscarla se dio cuenta de que ya había pasado por su lado, la encontró detrás de sí, a sus espaldas, con la mirada fija en el niño. Entonces la mujer miró al padre, elevó su cartera y la apretó contra su pecho, se dio vuelta en completo silencio y empezó a alejarse rápido, volviendo el rostro cada tres pasos y dando zancadas de tanto en tanto, como queriendo echar a correr.

El padre se encogió de hombros, agarró al niño por la pierna y lo bajó del árbol. Tiró los vasitos al basurero, con las palitas y lo que quedaba de helado. Empezó a caminar lento en dirección a su casa. El niño colgaba de su mano, iba de cabeza, casi rozando el pasto con los dedos; una de sus piernas —a merced de la gravedad— daba golpes contra su boca; los ojos de botones cambiando a gris a la par del cielo.

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Nacido en Santa Cruz de la Sierra en 1984, Juan Carlos Zambrana Gutiérrez se formó en el colegio Saint George, antes de iniciar sus estudios universitarios en la carrera de Relaciones Internacionales. Al licenciarse realizó el Diplomado en Educación Superior de la Universidad Gabriel René Moreno (2016), el Postítulo de Escritura Creativa (2018), dictado por la Universidad Privada de Santa Cruz (UPSA), y el Diplomado en Redacción y Edición de Artículos Periodísticos, ofrecido por la universidad NUR en el año 2019. A finales de ese mismo año obtuvo la primera mención en el concurso de cuento más importante de Bolivia, el Franz Tamayo, con un relato que tituló Tarántula.

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